TOM

Tom era un hombre de mediana edad.  La mitad de su vida había pasado sin que él se diera cuenta.  Su  estatura era media y, en ocasiones, se dejaba la barba sin afeitar.  Todas las mañanas hacía lo mismo: se ponía la corbata y el traje gris o beige, agarraba el maletín negro y se marchaba a su oficina de paredes blancas, sin ningún tipo de adorno.  No tenía fotos sobre el escritorio pues no tenía a nadie a quien poner en ellas. Tampoco tenía muchos recuerdos, sobre todo de su  niñez de la que apenas guardaba alguna vaga imagen de ciertos juguetes y escasos cuentos.
En resumen, la vida de Tom era como una película en blanco y negro que siempre representa la misma escena.  Sin embargo, su  segunda oportunidad le iba a llegar muy pronto.
Un día le llegó a Tom una carta en la que le comunicaban que una de las hermanas de su abuela había muerto.  En realidad, Tom no conocía muy bien a la familia de su abuela y había perdido todo contacto con ellos cuando ésta había fallecido.  Sin embargo, se dispuso a hacer lo que siempre hacía en estos casos.  Iría al entierro y presentaría sus respetos.  Después volvería a casa y, como siempre solo, cenaría un filete acompañado con un vaso de agua.
Cuando llegó al bonito pueblo en el que se celebraría el funeral, le preguntó a una anciana paseante de ojos irisados si  podía decirle dónde estaba el cementerio local.  La anciana, después de mirarle largamente, asintió y murmuró:  “ Entiendo…”.  Seguidamente le  indicó que la siguiera y él obedeció. Cuando se detuvieron ante una casa Tom, extrañado, volvió a preguntarle a la anciana por el cementerio pero ella, con gesto mudo y  profunda mirada, le invitó a que entrara en la casa.  Tom no tuvo valor para discutirle nada a aquella mirada.
Una vez dentro,  la mujer se dirigió a él y con voz suave y deje misterioso dijo:  “.Para volver debes encontrarte a ti mismo, si no, perecerás”.   “¿Volver de dónde?, se preguntó Tom un poco atontado. 
Pero, en ese mismo instante, una potente luz le cegó por un momento y cayó inconsciente.  Cuando se recuperó, Tom ya no estaba vestido con su traje gris sino que llevaba uno de porte antiguo, completamente negro.  Entonces se dio cuenta que se encontraba en una enorme llanura sin límites.  En ella aparecían y desaparecían extraños seres. Vio una manada de hombres con cuerpo de caballo que, después de una breve carrera, se disolvían en la nada; vio a una Caperucita Roja que corría perseguida por el lobo, pero su imagen no duró mucho.  En medio de aquel paisaje surrealista, Tom pudo distinguir la figura de una anciana muy quieta.  Cuando se acercó, se dio cuenta que era la misma mujer de ojos irisados en cuya casa había entrado.  Tom se dirigió hacia ella y le preguntó:

-¿Dónde estoy?.

- Eso no importa, sólo deber saber que aquí está todo lo que la Humanidad ha imaginado a lo largo de los siglos.  Ya es hora de que hagas tu viaje por el mundo de los mitos.  Pero recuerda:  Este mundo es cambiante, como la mente humana.  Nada permanece igual durante mucho tiempo y el único modo de regresar a nuestro mundo  es encontrándote a ti mismo.

      En ese momento la anciana se disolvió en el aire y Tom se quedó allí solo, rascándose la cabeza y preguntándose:  “¿Encontrarme a mí mismo?.  ¿Eso qué es:  Filosofía barata o una especie de trabalenguas?”.
            Antes de que tuviera tiempo para reflexionar, alrededor de Tom la llanura empezó a cambiar.  Repentinamente comenzó a formarse una imagen, al principio difusa, de una ciudad de la Inglaterra Victoriana.  Frente a Tom apareció una puerta con un letrero que ponía: Scrooge y Marley.  “¿De qué me suenan esos nombres?,” se preguntó.  Y, poco a poco, el racional Tom comenzó a recordar un libro que había leído cuando sólo era un adolescente.  Era un libro de Charles Dickens: Canción de Navidad.  Su protagonista era el señor Scrooge. “¡Sí, eso era!”, pensó.  “Entonces…¿Eso significaba que estaba “dentro” del cuento?”.   En ese mismo momento, un niño pequeño le saludó pero no le llamó por su nombre sino que dijo:  “¡Buenos días, señor Scrooge!”.  Tom se quedó atónito, sólo que ya no era Tom.  Era el señor Scrooge, el protagonista de la historia.
            Aquella noche al señor Scrooge le visitaron el Fantasma de Marley y los tres Fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras.  Tal como cuenta el libro de Dickens, Scrooge les acompañó a los sitios a los que tenían que llevarle pero, esta vez, fue Tom quien estuvo con los fantasmas y quien se convirtió en una mejor persona gracias a ellos.
            Cuando Tom hubo hecho, dicho y sentido todo lo que sintió el personaje de Scrooge en la novela, se encontró de nuevo en la llanura sin límites.  Allí vio que llevaba el traje de un héroe griego e intuyó lo que iba a ocurrir.  Poco después el paisaje cobró el aspecto de la antigua Grecia y Tom se convirtió en Heracles, el guerreo hijo de Zeus que había matado a su familia y que debía realizar doce trabajos para purgar su crimen.  Como la vez anterior, Tom hizo, dijo y sintió todo lo que Heracles con una naturalidad pasmosa. 
            Y así, como si de la rueda budista de las reencarnaciones se tratara, Tom fue diferentes personajes y vivió diferentes leyendas, mitos y cuentos de todas las épocas: Fue el Rey Arturo, con su espada Excalibur y su castillo de Camelot;   también Robin Hood, robando a los ricos para dárselo a los pobres; Peter Pan viviendo en la isla de Nunca Jamás. Fue, además, el leñador del cuento de Caperucita; Pinocho, el niño de madera y muchos personajes más con los que su persona se enriqueció y con los que aprendió lecciones sobre la vida que ya nunca olvidaría.  Así, Tom recordó aspectos de su infancia que creía olvidados y perdidos,  como su primera espada de madera, a la que había llamado Excalibur;  su primer peluche, al que había bautizado como Pepito Grillo o su primer vuelo en avión, en el que había buscado desesperadamente la isla de Nunca Jamás.
            Tras vivir multitud de aventuras, Tom regresó a la llanura infinita.  En ella volvió a ver, por primera vez en mucho tiempo, la figura de la anciana de los ojos irisados.  A medida que se acercaba a ella, Tom notaba que se iba haciendo más pequeño y que sus ropas cambiaban hasta quedar con un peto vaquero y una camisa marrón de cuadros. Y así,  el pelo que la anciana revolvió ya no fue  el de un adulto sino el de un sonriente niño de ocho años.

-Mi pequeño Tom – dijo la anciana- , veo que por fin has comprendido.  Te has convertido en el mejor personaje del mundo de los mitos: tu niño interior.  Ahora eres un hombre más sabio, pues los cuentos sirven para enseñarnos lecciones importantes de la vida. Ya puedes regresar a tu mundo y vivir tu vida,  tu auténtica vida.

        Con esas palabras la anciana hizo un gesto con la mano y una potente luz cegó a Tom.
            Cuando recuperó la visión, estaba echado sobre el suelo de madera de un acogedor vestíbulo y la anciana de ojos irisados estaba arrodillada junto a él y le miraba con maternal preocupación.  Al verle despertar, ella sonrió.  Tom sólo pudo balbucear unas incomprensibles palabras, pues tenía la boca seca.  Como si no hubiera pasado nada, la anciana le sirvió un vaso de leche caliente y unas pastas.  Él quería preguntarle muchas cosas pero la anciana no dio muestras de saber nada sobre el mundo de los mitos ni de la llanura infinita.
 Cuando terminaron la leche, la anciana le indicó amablemente la puerta y Tom, al cruzarla, se despidió con un significativo “¡Gracias!” con el que pretendía decir muchas cosas.  La anciana le respondió con un sencillo “¡No hay de qué!” Sin embargo, Tom observó una pícara sonrisa en la mujer, cuando pensó que él ya no la miraba.
            De pronto, Tom se percató de muchas cosas; lo hermosas que eran las flores que veía;  lo hogareñas que resultaban las casas que lo rodeaban. Pensó en el día tan excelente que hacía y disfrutó del calorcillo que le proporcionaban los rayos del Sol.  Y no pudo menos que bailar, al compás de la melodía de la vida que los cuentos le habían enseñado a escuchar.  A partir de entonces, Tom vivió su vida con intensidad, disfrutando de cada momento.  La película de su vida ya tenía colores y las diferentes escenas se sucedían una tras otra.
            Todos somos Tom y todos necesitamos los cuentos y los mitos para ser mejores personas y para aprender a vivir el extraordinario fenómeno que es la vida.