EL CONCURSO
Era martes a segunda hora y tocaba matemáticas con Carmen. Igual que una de otras muchas mañanas, la clase pasaba lenta y tortuosa. Apenas quedaba un cuarto de hora para que llegara el recreo y ya a todos les rugían las tripas pensando en el monstruoso bocadillo que les esperaba en sus mochilas.
Catorce minutos. ¿Por qué el reloj siempre parecía congelarse a esas horas?
De repente, la clase se interrumpió. Alguien estaba picando a la puerta. Carmen se levantó y fue a abrirla. Tres personas entraron en el aula. En primer lugar la directora, y tras ella, dos completos desconocidos. Normalmente, cuando algún profesor pasaba a la clase para comentar algo con su compañero, los alumnos de 4º de la ESO se ponían a cuchichear con el vecino de al lado. Pero a medida que pasaban los minutos, el nivel de la voz iba subiendo hasta que el aula se convertía en un caos. La gente acababa gritando, insultando, riendo, y gran número de papeles y bolígrafos capitaneaban los aires, volando de un extremo a otro de la clase. Al final, el profesor siempre acababa estallando en cólera y todos se callaban.
Sin embargo, esta vez era extrañamente distinta a las demás. Un silencio sepulcral reinaba en la sala.
Uno de los desconocidos, el cual iba sentado en una silla de ruedas, tomó la palabra:
- Como cada año, el Ministerio de Educación y Ciencia ha convocado un concurso de matemáticas a nivel nacional, y habéis resultado elegidos por sorteo de entre todos los colegios de Asturias, como representantes de vuestra comunidad autónoma. Ahora por favor, necesitamos tres voluntarios.
Un par de manos se levantaron al instante, de las chicas, claro. La parte masculina tenía miedo de apuntarse, no querían quedar delante de sus colegas como unos “empollones”. Finalmente, una nueva mano surgió tímidamente de las últimas filas de pupitres.
La directora parecía un poco avergonzada y la decepción se adivinaba en la mueca de su rostro por la escasez de alumnos que se ofrecían voluntarios. Pero sabía que nada podría hacer ella.
Cuando la clase terminó, el grupo ya estaba al completo. María, Laura y Elena se apuntarían al concurso y la profesora les entregó las bases del mismo.
A las dos y media, las tres se reunieron en Dirección para recibir las últimas instrucciones y el mismo señor que habían visto esa mañana les esperaba.
            - Las reglas son sencillas. Vuestro objetivo es resolver una ecuación - las niñas se miraron sorprendidas, aquello no podía ser tan fácil.
            - ¿Nada más?-preguntó Laura.
            - En realidad, es un poco más complicado. Esta ecuación estará dividida en tres partes, las cuales estarán escondidas en tres ciudades distintas repartidas por toda Europa. Por tanto, tendréis que dividiros. Cada una irá a un lugar diferente con su respectivo monitor. La estancia, gratuita, será de dos días en los que se ofrecerá una visita guiada del lugar y los monumentos más importantes. En ese tiempo deberéis encontrar el sobre blanco cerrado donde se encuentra parte de la ecuación. Llegaréis a ellos a través de unas pistas facilitadas por vuestros monitores. Podrán estar en cualquier sitio, recordadlo. Hasta aquí lo principal. Una vez que hayáis regresado, si más de un grupo ha encontrado la ecuación al completo, el día 13 de mayo se procederá al desempate, en el que quien primero resuelva correctamente la ecuación, ganará. En el caso de que nadie más haya conseguido los tres sobres, seréis proclamadas vencedoras una vez resolváis la ecuación, pero en esta ocasión dispondréis del tiempo que os sea necesario. ¿Entendido?
Todas asintieron al unísono.
            - Perfecto, vuestros destinos, elegidos también por sorteo son: Venecia, Roma y Rodas. ¡Buena suerte!
Elena ya había estado en Venecia. Hacía dos años, se encontraba allí mismo, en el Gran Canal, prometiéndole a la ciudad de los canales que regresaría. ¡Adoraba aquel sitio!
Como tenía diez años cuando estuvo por última vez, todo parecía un poco más pequeño, pero ahora podía apreciar la verdadera belleza que desprendían los edificios, los reflejos en el agua, las góndolas… todo tenía su encanto.
Desde un principio, Elena entendió lo que debía hacer, o quizás fuera su monitor quien habló demasiado cuando dijo:
- Yo que tú me acordaría de dónde he estado.
Entonces supo que sería buena idea apuntarlo todo en su bloc de notas. Así que según iban visitando lugares, los iba escribiendo en columna y orden. Primero la Plaza de San Marcos, que a la chica le recordaba un enorme hormiguero. Los turistas lo inundaban todo. Todo, menos una zona; la de las mesas de las cafeterías, que extrañamente estaban casi vacías. ¿Sería porque no tenían sombra? Aún siendo el mes de mayo hacía calor.
Después entraron en la basílica, no sin antes tener que esperar una interminable cola que se hacía más y más larga por momentos.
Más tarde, visitaron el Palazzo Ducale, cuyas estancias estaban llenas de cuadros pintados con todo detalle por pintores italianos de renombre.
Luego se pasaron por la Campanile, el Puente de los Suspiros, el de Rialto, la Casa de Oro y las pequeñas iglesias que estaban esparcidas por la ciudad.
Sin embargo, lo que más llamó la atención de Elena, fueron las calles y canales. Se notaba que la ciudad estaba viva. La ropa colgaba de las ventanas, las flores adornaban los balcones, pequeñas embarcaciones descargaban su pesca y los mozos la llevaban en carros de los que ellos mismos tiraban hasta las tiendas gritando: ¡Attenzione!
Estaba lleno de tiendas de máscaras, algunas mejores que otras y las había de todo tipo: grandes, pequeñas, las que cubrían sólo media cara, antifaces, de nariz ganchuda, con peluca, estampadas lisas, etc. Impresionaba ver los precios que podían alcanzar si se trataba de una obra de artesanía.
Por fin se detuvieron a descansar, y aprovecharon el momento para comprar un helado.

  1. ¿Has tomado nota de todo?-preguntó el monitor. La chica asintió.- Bien, ahora quiero que me resuelvas esta sencilla operación.

La peculiar tarjeta que le entregó, contenía una ecuación un tanto rara. En vez de tener incógnitas, tenía nombres completos de monumentos venecianos. Fue sencillo para la muchacha darse cuente de que tan solo debía sustituir los nombres por el orden de aparición de éstos en su lista. La solución era 1955. Demasiado fácil.

  1. ¿Te apetecería montar en góndola?
  2. ¡Claro!

Cerca de allí había cinco arrimadas al borde del canal y una de ellas tenía una fecha grabada en los respaldos, que coincidía con el resultado. Sabía que debía elegir ésa.
Justo antes de que acabase la travesía, Elena notó algo extraño debajo de su cojín. Era un sobre blanco, pero estaba abierto. ¡Se suponía que todos deberían de estar cerrados!
            - No te preocupes, ¡ábrelo!-le animó el monitor.
Dentro había otra tarjeta que decía: “te mereces el café más caro”. Tras unos instantes pensando, la chica ató cabos y supo adónde tenía que ir exactamente.
Como había imaginado, las mesas de las cafeterías de la Plaza de San Marcos seguían vacías. No lo dudó y se sentó en una. Elena, de naturaleza sumamente tímida, no sabía cómo decirlo, pero finalmente atrajo la atención de un camarero.

  1. Quisiera el café más caro- dicho así sonaba ridículo, iba a salir caro aunque fuese el más barato.

Cuando regresó con la bandeja, traía dos cosas, además de una sonrisa escondida bajo el poblado bigote. Lo primero era el café que había pedido, que curiosamente resultó ser de su gusto, y un sobre blanco, esta vez cerrado.
Nada más desembarcar en la isla, María sentía que se derretía de calor. No pensaba que pudiera picar tanto el sol a esas alturas del año. No entendía cómo los griegos podían soportar aquellas temperaturas.
Debido a que su búsqueda era un poco más complicada que la de los demás, el monitor le había concedido una pista. Se trataba de un problema de ecuaciones. Tras unos minutos de cálculo, escribir, borrar, volver a escribir, llegó a la solución más lógica. Dependiendo de la solución a la cual llegase, habría una pista completamente distinta a las otras. La de María indicaba que la clave estaba en un triángulo de 15x7, que tan sólo encontraría en uno de estos lugares: Lindos, la playa de Kalathos y Rhodas capital. Estaba convencida de que el resultado era correcto, después de todo, era la mejor de su clase.
Llevaba día y medio visitando la isla de Rodas y aún no se le había ocurrido dónde podría encontrar un triángulo de tales magnitudes y eso la enfurecía. ¡Era demasiado grande para pasar desapercibido! Había comprado planos de los principales pueblos y ningún entramado de calles parecía coincidir con lo que buscaba. Aún así, al llegar a Lindos la muchacha tuvo una idea. La pequeña población estaba situada en una colina que se elevaba suavemente cerca de los acantilados del norte de Rodas. Pediría a su monitor subir a lo alto para poder tener una buena vista de los alrededores.
Con sólo contemplar la interminable y empinada cuesta que le esperaba, sentía que las fuerzas le abandonaban. Unos niños del lugar parecían reírse de la cara que se le había puesto, e intercambiaban entre susurros, alguna que otra burla en griego, por supuesto, totalmente incomprensibles para María. Finalmente se decidió por subir en burro.
Maldijo mil veces la hora en la que tomó aquella ridícula decisión. Nunca había pasado tanto miedo en su vida. Sus gritos resonaron por todo el pueblo, haciendo que un gran número de cabezas curiosas se asomasen por las ventanas de las casas encaladas para encontrar la causa de tal estruendo. ¿Quién había dicho que montar en burro fuese fácil?
Para colmo de la chica, al llegar a la cima de la colina, no pudo encontrar ni un solo maldito triángulo en el horizonte. Los turistas que aguardaban sentados a que llegara su turno para visitar la Acrópolis de Rodas, se preguntaban qué andaría buscando tan enfurecida como estaba.
Más tarde, y ya lejos del pueblo, hicieron un descanso en la playa de Kalathos. Tras asegurarse la chica de que allí tampoco había ninguna forma triangular, fue a darse un baño en las templadas aguas del Egeo. Después de haber comido hasta reventar en el chiringuito más cercano, partieron de nuevo, y esta vez a su último destino: Rodas.
Sin duda, la ciudad amurallada era una belleza. Desde el Castillo del Temple y las calles y casas medievales, hasta el mismo puerto, en el que se encontraba el lugar donde antes se erigió el enorme Coloso de Rodas, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Incluso la biblioteca pública se consideraba un monumento. Además, allí el calor apenas se notaba, ya que inmensos árboles lo cubrían casi todo.
Apenas faltaban treinta minutos para volver al barco, cuando María, ya sin esperanzas, vio una exposición de figuras de hielo. Parecía imposible que éstas no se derritieran al instante. Entre ellas había una réplica del Coloso. Sus piernas estaban abiertas, de forma que cada pie estuviera apoyado sobre los dos lados de la entrada del puerto. De repente, todo tuvo sentido. El ángulo de las piernas formaba un triángulo, que seguramente, con sus proporciones reales, coincidirían con la pista.
No tenía tiempo para buscar nada más, tenía que ser eso. Rápidamente, midiendo la longitud de la figura y tras jurarle el escultor que las proporciones eran las correctas, María realizó en su bloc de notas una regla de tres. ¡Bingo! Las medidas coincidían.
A todo correr, la muchacha llegó al puerto. En lugar del Coloso, había dos columnas de piedra con dos gacelas esculpidas en su parte más alta. María se acercó a una de ellas, la rodeó y encontró, entre gritos de alegría, un pequeño sobre blanco.
Laura llegó con dos horas de retraso al aeropuerto “Leonardo da Vinci”. El cielo estaba encapotado y hacía frío, pero eso no conseguiría quitarle el entusiasmo. ¡Estaba en Roma! Además, la pista que le había entregado su monitora, un sistema de ecuaciones, era sumamente fácil, y aún no siendo muy buena en clase de matemáticas, había conseguido resolverla con el método que primero se le vino a la cabeza: el de reducción. Ésta reducía su marco de búsqueda a dos zonas: las periferias, y el Palatino.
Aún sabiendo las zonas concretas en la que debía buscar, éstas estaban muy lejos las unas de las otras y sólo tendría la oportunidad de revisarlas una vez cada una, por lo que necesitaría más pistas, pero prefirió dejarlo para más tarde. Era lo que solía hacer, dejar las cosas para última hora, pocas veces le había fallado.
Pasó un día entero paseando por la ciudad. Visitó el Vaticano, las principales plazas con sus maravillosas fuentes, los arcos de triunfo, el Coliseo y gran parte de los museos.
No fue hasta bien entrada la tarde, ya en el hotel, cuando Laura recordó la segunda pista que aún no poseía. Corrió a llamar a la puerta de la habitación de su monitora.

  1. Existe otra pista, ¿cierto?- preguntó tímidamente la chica, al abrirse la puerta.
  2. Pensé que nunca lo preguntarías- contestó la monitora aliviada. Y le entregó una tarjeta con una operación llena de huecos en blanco.-Busca en el Coliseo los números que faltan.

Supo que no le quedaba otro remedio que coger el chaquetón y salir a buscar los dichosos números. ¿Y por qué narices no podía darle de mano la operación?
Por suerte, el Coliseo se encontraba a pocas calles del hotel. El gran problema era que no tenía ni idea de cómo sacar números de aquel monumento. ¿Quizá contando los arcos? Imposible, ese número no rellenaría tantos huecos, tenían que ser varios.
Laura casi se cae de bruces contra el suelo al pisar algo que le hizo resbalar. Vio que era un folleto de un restaurante. “Comidas desde las 13:00 hasta las 15:30….” Entonces Laura tuvo una corazonada. Fue lo más rápido que sus piernas le permitieron a la entrada. A esas horas era de esperar que la taquilla de información estuviera cerrada, pero un cartel indicaba que abría a las 8:30 y cerraba a las 18:10. ¡Bingo! Si separaba las cifras por los dos puntos, obtenía otras cuatro que encajaban a la perfección con la operación de la tarjeta.
Sin embargo, el resultado daba -30 y no sabía a dónde llegar con esto. Comprobó que la solución estaba bien haciéndola una y otra vez, pero seguía dando lo mismo. Pasó toda la noche buscando en folletos de la ciudad aquel número, pero no había forma de dar con él. Ya le pesaban los párpados, que pronto se cerrarían, cuando encontró algo interesante. “…alcanza el IV piso a 30m de profundidad.”¿No era la profundidad negativa? Buscó como loca el título de lo que estaba leyendo y supo por fin dónde se escondía el sobre blanco.
Sólo tenía tres horas y media para estar en el aeropuerto, cuando el autobús 718 la dejó en la entrada de las Catacumbas, las galerías subterráneas donde los romanos enterraban a sus muertos.
Sacó su entrada nada más abrirse la taquilla y esperó paciente a que llegara su turno. Fue toda una coincidencia que su guía tuviera más o menos 18 años y fuera extremadamente guapo, con unos impresionantes ojos azules. Su nombre era Tomás y era argentino. Muy a su pesar, Laura intentó concentrarse exclusivamente en el sobre que tenía que encontrar, así que puso a punto sus cinco sentidos.
Aprovechó que el grupo era grande y se fue quedando poco a poco atrás del todo, al mismo tiempo que avanzaban por aquel laberinto.
Por fin llegaron al punto que le interesaba, las escaleras al IV nivel.
            -    Y debido al estado de deterioro de este piso, que ahora se encuentra en                           restauración, ha sido excluido del recorrido ordinario.
 ¡Lo que faltaba! Tendría que separarse de los demás, y arriesgarse a que la descubriesen y la multasen. Además, la iluminación era muy escasa y parecía hacer más frío allá abajo. Se le helaban los huesos de solo pensar que estaría sola y rodeada de tumbas, pero descendió los escalones con decisión. Parecía que nadie había notado su desaparición. Lo que ignoraba, era que Tomás la seguía con la mirada sonriendo.
Laura sabía perfectamente que si tardaba mucho, se darían cuenta de su ausencia, así que sacó su plano de las catacumbas y se puso rápidamente en marcha.
Pasaron largos minutos y ni rastro del sobre. La chica ya no sabía que hacer, ni cuánto llevaba buscando, cuando alguien le sorprendió por la espalda.

  1. ¡Te encontré! Hace diez minutos que acabamos.- susurró Tomás, mientras le mostraba algo blanco que sujetaba en la mano derecha.- ¿Buscabas esto?
  2. ¡El sobre!
  3. Anda toma, y no le cuentes a nadie que te lo he dado yo. Si por ti fuera, jamás lo hubieras encontrado. ¡Serás torpe! No tenías por qué bajar, estaba pegado en las escaleras.

La acompañó fuera y se despidió guiñándole el ojo.
Una vez en el avión, Laura observó el sobre minuciosamente. Había otro número escrito en el remite y la chica no pudo evitar una sonrisa al darse cuenta de que éste era de teléfono.  

 

Era 13 de mayo y aunque solamente hubieran pasado veinte minutos desde que las tres chicas se reuniesen de nuevo, ya se habían contado absolutamente todo.
Volvían a estar todas en clase de matemáticas esperando que llamasen del concurso. Carmen estaba mil veces más nerviosa que sus alumnas, lo que la ponía de muy mal humor. Ya no eran las ansias de que llegara la hora del recreo, sino las de la llamada las que hacían que el segundero del reloj del aula no fuese al ritmo de siempre. El habitual y monótono tic-tac se hacía insoportable.
De repente, picaron a la puerta como la otra vez, pero en esta ocasión, la profesora batió el record abriéndola en la mitad de tiempo. La directora entró muy seria en clase.

  1. Otro colegio también ha encontrado la ecuación al completo. Son de Segovia, y a ellos les había tocado Londres, Bruselas y Toledo. Va a haber un desempate.

Toda la clase se sumió en la más profunda desesperación. Daban por seguro que no serían sus compañeras las primeras en acabar. Entre todo aquel silencio, empezaron a sonar unas suaves risitas que acabaron en carcajadas. Era la directora, rota de risa.

  1. ¡Me encanta cuando os quedáis tan calladitos! ¡Era broma! ¡Claro que habéis ganado!

A nadie parecía hacerle gracia más que a ella. Por supuesto a excepción de Elena, María, Laura y Carmen, que saltaban y gritaban a todo pulmón subidas en las mesas. Solamente tendrían que resolver la ecuación, tomándose el tiempo que quisieran.
Algo iba mal. Se acababan de acordar de algo importante. En su día no recordaban haber hablado de ello.

  1. ¿Y el premio?-preguntaron.
  2. ¿Qué premio? ¿Acaso el viaje que os habéis dado os ha parecido poco?- replicó.

Al principio la directora seguía sonriendo, pero pronto cayó en la cuenta de lo que ocurriría a continuación. Permanecer por más tiempo en la clase de 4º de la ESO sería peligroso en esos instantes. Sólo le dio tiempo a alejarse unos metros para saber que estaba en lo cierto.