EL PRINCIPIO DE  ARQUIMEDES
     Seguía dándole vueltas al problema en la cabeza. Tenía que tener alguna solución, y él, Arquímedes, no se iba a rendir tan fácilmente, aunque los problemas de palacio lo irritaban, siendo estúpidos en relación con los del mundo que se encontraban fuera esperando a ser descubiertos. Pero, el rey de Siracusa, Hierón, era su rey, y no podía ignorar sus órdenes.
     El problema esta vez, como otras muchas, tenia un tono conspirador, ya que existía la palpitante y creciente duda de que el orfebre real, por intentar hacer más beneficiosos los trabajos reales, hubiese mezclado plata con oro para elaborar la nueva corona del rey que luciría en las audiencias más importantes, que debería ser exclusivamente de oro. Y para descubrirle el engaño sin destrozar ni fundir la corona, estaba él, más bien por obligación que por interés de averiguar hasta donde se podía llegar por un  poco más de oro.
     Así se hallaba Arquímedes, por la avaricia de otros hombres, con un gran problema al que no encontraba otra solución que arrestar al orfebre hasta que delatase el engaño y quedase satisfecho el rey de Siracusa.
     Pero aún no se había rendido y había buscado la inspiración de las musas en los lugares más bellos y tranquilos de la ciudad, en los que solía refugiarse para perderse en sus pensamientos en los momentos de crisis. Allí estuvo largas horas bajo el sol ardiente que daba un calor insoportable, que le hacía sudar, impidiendo que su cerebro en plena y desesperada actividad encontrase la solución y consiguiendo que se derritiese escapándose la salida a aquel problema palaciego.
     Cuando el sol llegó a lo más alto del cielo, decidió regresar a casa e interrumpir la búsqueda que le había absorbido toda  la mañana. Llenó la bañera de agua para refrescarse y mejorar su estado anímico. Pero fue incapaz de apartar de sus pensamientos la imagen de la corona dorada y  el rostro del rey.
     Se metió en la bañera echando un poco de agua fuera del recipiente mientras introducía su cuerpo en el agua. Una vez tenido su cuerpo bajo el líquido cristalino, Arquímedes se quedó observando la línea de agua pensando en sus problemas y en las soluciones coherentes que se le pudiesen ocurrir y reflexionando sobre lo ocurrido al meterse en la bañera.
     En ese momento fue en el que gritó: “¡Eureka! ¡Eureka!”, liberándose del peso que le producía la corona de oro sobre sus pensamientos al haber encontrado la  solución al problema. Así,  entusiasmado y desnudo, salió corriendo hacia el palacio del rey Hierón, solicitando una audiencia urgente  ante los atónitos criados y cortesanos allí presentes.
     Tras traerle algunos ropajes para cubrir su cuerpo, el rey recibió al sabio, el cual explicó al soberano con gran entusiasmo el descubrimiento hecho  y dando solución al problema expuesto, ya que si la corona estuviese fabricada con una mezcla de oro y plata tendría distinto peso que si estuviese elaborada solo con oro, por lo que al sumergirse en agua, la cantidad de líquido que fuese expulsado del recipiente que lo contiene  para equilibrar las fuerzas del peso y el recipiente, sería distinta, conociendo el material en relación con la cantidad expulsada del recipiente.
     El rey mandó traer inmediatamente la corona  y un recipiente lleno de agua y llamar al orfebre implicado en el asunto. Aplicando lo descubierto y  haciendo unos cálculos simples en relación a los pesos de los metales, descubrió ante todos el engaño del artesano y dio la razón a la sospecha del rey, el cual encarceló al orfebre hasta el día de su castigo.
     Orgulloso y satisfecho de sí mismo y mucho más relajado al zanjar el asunto, Arquímedes regresó a su casa donde relató su experiencia en sus notas para futuras obras y, dándose cuenta de las numerosas aplicaciones del descubrimiento, decidió enunciarlo como “el principio de Arquímedes”:

         “Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical dirigido de abajo a arriba, igual al peso del fluido que desaloja y aplicado en el centro de gravedad del fluido desalojado, o centro de empuje.”