EL NÚMERO PHI  (F)
Leonardo Fibonacci subía la colina de la Acrópolis de Atenas con dificultad, para llegar a su cima, en la que reinaba la majestuosa silueta del Partenón. Se quedó un rato mirándolo, paseando a su alrededor, observándolo desde todas las perspectivas... Tenía una perfección asombrosa. ¿Qué había llevado a los griegos a construir un templo de semejante belleza? Sabía de las correcciones ópticas que tenía: entablamento ligeramente curvado, éntasis en las columnas... todo para hacer su contemplación perfecta. Pero tenía que haber algo más; no eran simplemente estas correcciones.
A los ojos de Fibonacci, aquel templo debía tener unas proporciones determinadas, que le daban ese aire de grandeza, de perfección. Y se propuso encontrarlo.
Mandó a sus discípulos que lo ayudaran a medirlo; y lo midió desde todos los ángulos. Los habitantes de la región hablaban de “un demente que está encaramado al templo, gritando a todo el mundo”, y los estudiantes no lo comprendían mucho mejor. Parecía que el maestro se había vuelto loco: se levantaba antes que nadie y cuando los alumnos llegaban ya llevaba horas dando saltos entre las columnas; enseguida les ponía a trabajar, sin descanso, y pegando gritos de desesperación; hacia la tarde desaparecía con todos los papeles garabateados con números y se escondía en su tienda para estudiarlos. Los estudiantes estaban realmente preocupados por su maestro, lucía enormes ojeras y cada día se encontraba más irritable. Hasta que un buen día, antes de anochecer, salió de su tienda gritando que lo había encontrado.
Reunió a los estudiantes para exponer sus teorías. Y esto fue lo que les explicó:

Y eso hizo el gran maestro Fibonacci. Buscó el número phi (que por aquel entonces aún no se llamaba así, ya que recibió este nombre precisamente por su descubridor, Fibonacci) en todas las construcciones de la naturaleza. Y lo halló en muchos sitios:

Además, elaboró una secuencia, llamada la secuencia de Fibonacci, en la que cada número es la suma de los dos anteriores, es decir: 1,1,2,3,5,8,13,21... A medida que los números crecen, dividiendo cada cifra entre la anterior obtenemos números cada vez más próximos a phi.
Tras la muerte de Fibonacci, Luca Pacioli consideró al número phi como la Proporción Divina y Leonardo Da Vinci estudió esta medida en profundidad, sobretodo en lo que concierne al ser humano, dibujando de esta forma al Hombre de Vitrubio, que tenía las proporciones ideales en el cuerpo humano.
Empezó a llamarse a esta proporción como la Proporción Áurea, es decir, la proporción de oro. ¿Era esto cierto? ¿Era una proporción divina, una constante en la naturaleza?

Este número, que parece insignificante, sigue asombrándonos día a día, pues se encuentra en la medida de las tarjetas de crédito, en el DNI, en las cajetillas de tabaco, en el edificio sede de la ONU en Nueva York...
¿Es pura coincidencia? ¿Es la proporción más bella y más perfecta como proponía Fibonacci o es un orden divino como creía Pacioli?