Leer para recordar.Siempre he soñado con una historia de amor de película, un amor que me hiciese aspirar a mas, a ser mejor persona, no sé si todo fue como lo recuerdo, no sé si él era tal como yo lo tengo en la memoria, pero la memoria es traicionera, cada uno recuerda lo mismo de una manera diferente y así construimos nuestra historia y esta es la mía:
Corrían los años setenta, él era un simple afilador de cuchillos, yo era una niña de bien, una niña a la cual su padre lo único que quería era encontrarle el novio perfecto, de familia rica, de alto renombre y en la que tuviese un buen futuro asegurado.
Aquel verano del setenta y uno nos fuimos al pueblo natal de mi padre, un pequeño pueblo alejado de la gran ciudad donde la gente apenas tenía dinero para vivir, un pueblo donde conocí a mi primer y único amor, donde le conocí a él; supongo que con dieciocho años yo ya estaba todo lo enamorada que se podía estar.
Todo ocurrió el primer fin de semana, eran las fiestas del pueblo.Yo tenía amigas pero no muchas, la mayoría no querían relacionarse conmigo porque decían que no pertenecían a la misma clase social que yo y sus padres tampoco se lo permitían, decían que no se podían comparar con nosotros, nunca comprenderé el porqué lo decían, yo nunca me había considerado una niña rica, cuando iba a la ciudad tenia a mis amigas de mi misma clase social, pero estaba harta de ellas, se pasaban el día presumiendo de su dinero y sus posesiones, yo sin embargo no quería presumir del dinero ya que el dinero no me daba la felicidad, por ello cada verano soñaba con ir al pueblo.Allí me divertía con mis amigas las personas más humildes que en la vida habré conocido.
Aquel día mis amigas me presentaron a aquel chico, en el momento en el que lo vi supe que aquel era la clase de persona de la que quería enamorarme; era simpático, humilde, no me importaba su clase social, no me importaba si tenía o no dinero, no me importaba nada, lo único que me importaba era que estaba enamorada.
Esa primera semana de verano fue quizás una de las mejores que recuerdo, empezamos a tontear, siempre haciéndolo a escondidas ya que mi padre no nos podía ver, no me permitiría estar con él; a mi madre no le importaba tanto como a mi padre, pero en el fondo yo sabía que la idea no le agradaría.
La segunda semana empezamos a salir todos los días al amanecer nos reuníamos, y hablábamos de cómo sería nuestro futuro, soñábamos con estar juntos, en aquel mismo pueblo, soñábamos con contarles a todos nuestros hijos y si las circunstancias lo permitían a nuestros nietos, nuestra gran historia de amor.
Poco a poco nos íbamos conociendo más y más, hasta el punto en el que nos hicimos inseparables.Yo mentía a mis padres diciéndoles que me iba a casa de mis amigas cuando en realidad me escapaba con él a pueblos cercanos, y cuando su sueldo se lo permitía me llevaba al cine.
Él solía trabajar por las mañanas; sus padres eran muy viejos y necesitaban su sueldo para vivir, yo me había ofrecido a ayudar a su madre en las tareas domésticas pero ella no lo aceptó.
Mientras él trabajaba, yo me dedicaba a pintar o leer.
Un soleado día él decidió llevarme a conocer su casa de sueño, la casa con la que soñaba que algún día sería de él. Era una gran casa, pero la reparación era muy costosa, recuerdo que mi padre había estado interesado en ella pero no la había comprado porque no le saldría rentable. Mientras recorríamos la casa, cada lugar, cada esquina, cada habitación, yo le decía cómo quería que fuesen, él me había prometido una habitación con vistas al lago donde podría pintar sin que nada ni nadie me molestase.
Después de los dos mejores meses que recuerdo, llegó el día, el día de irse de nuevo a la ciudad, le pregunté a mi padre si me dejaría quedarme allí, pero la respuesta fue un rotundo no, me despedí de él tan rápido como pude, ya que las prisas de mi padre no me permitían una despedida en condiciones.
Pasó un año, un año en el que mi padre me presentó a muchos chicos, pero mi corazón estaba ocupado por aquel humilde afilador. Llegó el verano y con él las malas noticias ese verano iríamos al pueblo de mi madre, un pueblo en el que tan solo había cinco casas y yo sólo tenía una amiga, una amiga que a causa de una grave enfermedad había muerto, la noticia me causó una gran impresión, me pasé dos semanas llorando, en aquel pueblo me pasaba el día leyendo y pintando, no tenía a nadie, y añoraba el verano del setenta y uno. Cuando llevaba un mes allí decidí mandarle una carta, al chico que ocupaba mi corazón, una carta donde le decía todo lo que seguía sintiendo por él, en muy pocas palabras, si mal no recuerdo la carta era así:
“Te extraño mucho, cada vez que recuerdo el maravilloso verano del setenta y uno que juntos pasamos me saltan las lágrimas de la emoción, no puedo pensar que no te volveré a ver hasta dentro de un año, espero que nada haya cambiado, que sigas locamente enamorado de mí como hace exactamente un año me prometiste, que no te quepa la menor duda de que mi corazón sigue ocupado por tu amor.
Te Quiero.”
Pero la carta no llegó a su destinatario. Lo supe un mes más tarde, cuando nos dispusimos a hacer las maletas para regresar a la ciudad; la encontré en la mesa de noche de mi madre, no tal y como yo la había dejado, si no que estaba abierta, por lo que supuse que mi madre la había leído, pero no había querido decirme nada, así que me decidí a preguntarle, su respuesta fue: “ no creo que a tu padre le guste, espero que después de estos dos meses sola hayas tenido tiempo de recapacitar y de olvidarte de él, sabes perfectamente que no te conviene, y no volveremos allí hasta que no haya ni un solo pedazo de espacio en tu corazón ocupado por él. “
Aquellas palabras quedaron grabadas en mi mente y ahora cuarenta años más tarde aún las recuerdo, nunca me habría imaginado que mi madre hubiese podido hacerme eso, y cuando digo nunca es nunca.
Hice mi maleta y me monté en el coche, el trayecto duraba dos horas, pero para mi aquel viaje fue eterno, parecía que nunca se iba a acabar, mi padre iba concentrado en la carretera y la tensión que había entre mi madre y yo era inmensa.
Pero me daba igual lo que mi madre me dijese; yo nunca podría olvidarme de aquel amor, así que fingí haberme olvidado saliendo con otro chico, un chico que según mis padres sí me convenía, parecía tan enamorada de él que mi madre se creyó que me había olvidado de aquel humilde chico, por lo que decidió que ese verano volveríamos al pueblo donde yo me había enamorado locamente.
Nada más llegar le di mi maleta a la doncella y corrí hacia la puerta, pero mi madre se puso en mi camino, como siempre para darme malas noticias: “Tu padre ha invitado a tu novio a pasar unos días vendrá dentro de una semana, no quiero verte con esas amiguitas tuyas en todo el tiempo que él esté aquí; sólo quiero verte con él, ¿entendido?”
Salí corriendo por la puerta y me dirigí a casa de mi amado, piqué a la puerta y allí estaba tal y como yo le recordaba; me tiré a sus brazos llorando y él me invitó a pasar. Cuando entré, no vi a sus padres, por lo que le pregunté que dónde estaban, y él me dio otra mala noticia habían muerto en un accidente de tráfico. Me apoyé en su pecho y me pasé toda la tarde llorando; no iba poder estar con él, me habían prohibido ver a mis amigas y por si fuese poco habían muerto sus padres, que eran como mis segundos padres. Llegaron las ocho y tras una intensa tarde, probablemente una de las peores que guardo en mi memoria, me dirigí a mi casa, intentando no parecer triste. Entré en casa y sin cenar ni nada me fui a la cama.
A la mañana siguiente cuando me levante vi un ramo de rosas rojas y blancas al lado de mi cama, me levanté corriendo pensando en que podrían ser de mi amado, pero mi sorpresa fue que al bajar a la sala, y encontrarme a aquel chico que a mi padre y a mi madre tanto les gustaba, me di cuenta de que las rosas no eran de mi amado y también me di cuenta de que allí se había acabado el verano, aquel verano que pensé que sería como el del setenta y uno, un verano para recordar, pero me di cuenta de que aquel verano nunca volvería a repetirse. Con una sonrisa en la cara me dirigí a él y le abracé mientras al otro lado de la sala mis padres me señalaban que era el camino correcto. Salí a fuera, y le enseñé el pueblo, lo que más tristeza me dio aquel día fue que al ver a mis amigas en un banco comiendo pipas y saludándome tuve que cambiarles la cara como si para mi fuesen algo insignificante. Pedí por favor a mis padres que me dejasen ir a explicarles lo que ocurría, pero no me dejaron, no querían que mi novio pensase que me relacionaba con gente de menor categoría social. Fuimos a comer a un restaurante y casualmente allí se encontraba dejando los cuchillos recién afilados, mi amado, hizo el amago de saludarme, pero yo agaché la cabeza e hice como que no le conocía, las lágrimas empezaron a caerme por la cara y me levante rápidamente y fui al baño, viendo cómo mi amado salía por la puerta con tantas lágrimas como yo, pensé en salir a buscarle, pero mis padres nunca me lo perdonarían. Entré en el baño me seque las lágrimas y tras unos minutos salí, me disculpé delante de mis padres y delante de mi novio, y dije que no me encontraba bien y me fui a casa, no quise que me acompañaran, pese a los ofrecimientos. Fui a casa de mi humilde afilador, pero no estaba ni él ni su bicicleta, fui corriendo a su casa de sueños y tras buscar por todos los rincones no lo encontré, en una habitación me quede dormida, y cuando me desperté se había echo de noche, y no me atrevía a volver así que decidí quedarme allí a dormir, cuando a la mañana siguiente volví a casa la policía estaba en la entrada y mis padres y mi novio estaban también allí llorando, entre rápidamente para ver que había pasado, y pronto me abrazaron y me respondieron que habían estado toda la noche buscándome, yo les dije que no me había pasado nada, que me había quedado a dormir en casa de una amiga, mis padres no pusieron buena cara, pero al ver que mi novio se alegraba ellos se empezaron a reír. Tras dos semanas allí sin poder hablar con mis amigas ni mi amado, mi novio decidió marcharse. Me despedí de él, y me fui corriendo a hablar con mis amigas pero ellas no aceptaron mis explicaciones y me dijeron que sus padres tenían razón no pertenecíamos a la misma clase social nuestros mundos eran totalmente diferentes, y con las mismas me cerraron la puerta de su casa. Fui a disculparme a mi amado, pero ya era tarde. Me dijo que pensaba que en mi corazón solo había sitio para él pero que estaba equivocado, que no quería volver a verme y que por favor no hiciese las cosas más difíciles. Me fui llorando a mi casa, y me encerré en la habitación, mis padres durante mi ausencia habían decidido volver a la ciudad, hice mi maleta y nos fuimos, al marchar del pueblo me encontré a mi único amor y llorando ambos nos dijimos un adiós para siempre con la mirada.
Llegué a la ciudad y tras dos años, organice una boda, una boda totalmente ficticia, yo quería a mi prometido, pero como un amigo, nunca llegue a enamorarme de él, mi corazón siempre había estado ocupado por el humilde afilador y nada ni nadie podría cambiarlo, unos días antes de la boda, vi como en el periódico habían puesto un reportaje de un señor que había reconstruido una casa el solo con sus propias manos, trabajando día y noche, el reportaje traía fotos de la casa por dentro, y recordé como aquellas habitaciones estaban tal y como el afilador y yo habíamos planeado que serían, incluso había una habitación llena de pinturas y libros mirando al lago. Las únicas palabras que había dicho el pequeño constructor habían sido: “Tal y como un día te prometí, una habitación para cada hijo, una habitación con pinturas y libros mirando al lago, ventanas y puertas blancas un gran jardín y ningún animal, espero que estés donde estés recuerdes esas palabras que el tres de agosto de mil novecientos setenta y uno tu me dijiste y aquellas con las que yo te prometí que haría realidad nuestro sueño costase lo que costase, aunque tu ya no estés conmigo mi corazón siempre estará ocupado por tu amor. Te Quiero”.
La última noticia que recibí de mi humilde afilador, de mi amado, como lo queráis llamar fue que falleció a los veinticinco años, por causas que nunca salieron a la luz.
Pero como un día le prometí contaría a mis hijos y a mis nietos nuestra historia de amor, y como probablemente no este para contarla a mis nietos he decidido escribirla en este diario para que pase de generación en generación y que todo el mundo sepa que si de aquel verano de mil novecientos setenta y uno hubiese una lista de las chicas más felices del mundo mi nombre estaría en lo mas alto de ella.