UN REiNO DIVIDIDO
Ya atardecía y los dos niños entraron en casa para la cena. Eran mellizos, niña y niño, y se parecían muchísimo. Los dos tenían un rostro angelical, el pelo tan rubio que parecía albino y la piel también muy blanca; sin embargo, todos estos rasgos quedaban en un segundo plano al fijar la vista en sus ojos. Éstos eran de un azul tan claro y luminoso que parecía blanco. Al nacer, habían causado un gran revuelo en la zona, ya que toda su familia, y, en realidad, toda la gente de los alrededores, a pesar de tener la tez pálida, tenía el pelo negro y, desde luego, nunca habían visto unos ojos como aquellos. Pero sus padres pronto averiguaron por qué sus hijos eran así, aunque no se lo revelaron a nadie.
Ambos estaban ansiosos por que llegara la noche, ya que era su cumpleaños y era tradición en el reino de Varna que cuando los niños cumplían cinco años sus padres les explicaran todo lo relacionado con el reino: su historia, sus leyendas, sus reyes, sus comarcas…
Tras una suculenta cena, el padre echó más leña al fuego, se sentó en su sillón y les indicó a los niños que se sentaran en dos cojines en el suelo. Sus dos hermanos mayores se quedaron a escuchar la historia de nuevo, pues ya tenían nueve y once años respectivamente. Y la mujer se sentó en un banco con el bebé en brazos.
-Nell, Aaron… esta noche conoceréis toda la historia de Varna, tal y como me la contó mi padre a mí cuando tenía cinco años… -los niños estaban atentos a cada palabra que pronunciaba su padre y éste les fue relatando toda la legendaria historia de Varna, nombrando a todos sus sucesivos reyes, reinas y héroes y todas las hazañas de éstos.
Más tarde pasó a hablarles de las cuatro comarcas:
-En Varna hay cuatro comarcas –les dijo-, se cuenta que antaño eran cuatro reinos diferentes pero sucesivos matrimonios y guerras hicieron que se unieran en un solo reino: Varna. Y así se ha mantenido durante siglos. Nosotros vivimos en la comarca del oeste, La Llanura, aunque estamos muy cerca de la comarca vecina, El Desierto, que está al este, así que podría decirse que casi vivimos en el centro del reino.
-¿Y cómo es nuestra comarca, padre? –quisieron saber los niños.
-Todas las comarcas son muy extensas, ya que Varna es el reino más grande de la tierra, pero La Llanura es la más grande de todas. Como sabéis, nuestra comarca tiene amplias y verdes praderas y pequeños bosques. Los que vivimos en estas tierras nos dedicamos a la agricultura y al pastoreo y son famosas de La Llanura nuestras artesanías.
-¿Y quienes viven al norte, padre? ¿Vive alguien en las montañas?
-Claro que sí, Nell, la región montañosa del norte es otra comarca: La Montaña. En La Montaña viven…
-Pero, padre –interrumpió Aaron-, ¿por qué la llaman La Montaña? Nosotros las vemos desde aquí y son muchas montañas.
-Sí, Aaron, pero todas esas montañas que tú ves rodean la mayor de todas ellas, el pico de Garliff, que es la que da nombre a la comarca. Pues bien, los montañeses son gente alta y fuerte y, además, se dice de ellos que poseen una gran valentía; por eso, la mayoría de los soldados de a pie del ejército son de esta comarca. Sin embargo, no todos se dedican a la lucha, ya que tienen un gran talento para la herrería. Tanto es así, que todas las armas del reino provienen de allí, y también la mayoría de las herramientas y aperos de labranza que usamos nosotros.
-Antes hablaste de El Desierto –apuntó Nell.
-Sí, El Desierto es la comarca del este. Es un territorio difícil de atravesar, excepto para quienes viven allí, que son muy ágiles. Podrías atravesarlo entero y no ver a nadie, porque sus gentes son sigilosas y muy hábiles a la hora de esconderse. Es por esto que el rey cuenta a menudo con ellos como espías y, en caso de guerra, siempre son ellos quienes organizan las emboscadas. Además, muchos también sirven al rey como arqueros, disciplina en la que tienen una enorme destreza. De allí son famosas sus telas. Son capaces de hacer ropa de colores y textura increíbles, y aunque con su belleza parecen muy frágiles, son enormemente resistentes.
-¿Y la última comarca cuál es? –preguntó Nell, la niña, impaciente.
-La Costa. Se encuentra al sur y, como su nombre indica, está bañada por el mar, del que dependen mucho, porque la mayoría de sus habitantes son marineros, exploradores y comerciantes. Pero también hay muy buenos carpinteros y constructores, que se encargan de construir los enormes navíos.
-Entonces… -aventuró Aaron-, cuando hay guerra… los montañeses luchan, los moradores del desierto son arqueros, los de la costa combaten en sus barcos, y… ¿nosotros qué hacemos, padre?
-La Llanura aporta caballeros –señaló su padre con una sonrisa-. Nadie entiende a los caballos como nosotros. El viejo rey Morgan siempre tuvo a los caballeros en gran estima, y espero que ahora sus hijos también los valoren.
-¿Ha muerto el rey?
-Sí, hace unos meses.
-¿Y ahora quién gobierna?
-Gobiernan los dos hijos mayores del rey Morgan. El rey tenía tres hijos: Kareth, Ronan, y una muchacha, Ariadne. Al morir, dividió su reino en dos y ahora Kareth gobierna el oeste y Ronan el este.
-Pero si tenía tres hijos, ¿por qué no lo dividió en tres? ¿Por qué no dejó gobernar a Ariadne? –preguntaron los chiquillos.
-No lo sé. Todo el mundo sabe que el rey amaba a su hija, pero debió de encomendarle otra misión y dejar que gobernaran sus hijos.
-¿Y cómo son Kareth y Ronan? –preguntó Nell.
-Pues el pueblo siempre los quiso mucho, al igual que a Ariadne, pero son excesivamente competitivos y creo que pronto habrá guerra.
-Sí, la habrá, pero Nell y yo no entendemos por qué –repuso Aaron.
-Así que ya habéis visto que habrá guerra, ¿eh? Bueno, las razones son evidentes. Kareth se enfadó al conocer la decisión de su padre de dividir el reino, porque él es el primogénito y siempre había soñado con ser el rey de toda Varna, y ahora debe contentarse con la mitad. Ronan, por su parte, vio cumplido su sueño de ser rey, pero la avaricia le pudo y ahora también quiere hacerse con toda Varna. Hace unas semanas, Ronan organizó unos juegos en su corte e invitó a su hermano, pero, según cuentan, utilizó esos juegos para mostrar su poder ante su hermano y amedrentarlo. Kareth se llevó muy mala impresión de todo aquello, puesto que Ronan le mostró su enorme ejército y se jactó ante él de gobernar el más grandioso de los reinos. Según los rumores, el rey Ronan dejó caer que pronto su reino se haría más extenso y más grandioso y el rey Kareth se lo tomó como una amenaza, se llevó a Ariadne, que vivía en la corte de Ronan, y se retiró a su reino. Imagino que los dos se están preparando para la guerra.
Todos en la sala parecían asustados y sorprendidos, excepto los dos niños, que preguntaron:
-¿Y quién es mejor rey?
-Lo más triste de todo, hijos, es que los dos serían buenos reyes. Incluso podrían gobernar juntos todo Varna. Nadie entiende cómo el rey Morgan dividió el reino, porque tuvo que saber que antes o después se desataría una…
El hombre se detuvo, pues Nell y Aaron, sentados en el suelo en sendos cojines, estaban teniendo pequeñas convulsiones, los dos echaron la cabeza hacia atrás al mismo tiempo y entre sus párpados entreabiertos su padre pudo ver sus ojos moverse a gran velocidad. Si no fuera porque la familia ya había visto aquello en incontables ocasiones habría sido una escena de verdadero pavor. A pesar de ello, el padre no pudo dejar de pensar que sus hijos, con su mirada transparente, infundían temor.
Cuando aquel arrebato tocó a su fin, los dos niños miraron fijamente a su padre con aquellos increíbles ojos y dijeron al unísono y con voz monocorde:
-Debéis esconderos en el bosque.
El rey Kareth se volvió hacia sus consejeros y les espetó:
-¿Y bien? ¡Decidme qué habéis averiguado!
Kareth era un hombre alto y apuesto y su presencia imponía. Su hermano Ronan era un poco más bajo, pero de la misma constitución. Por lo demás ambos se parecían bastante: morenos, ojos claros y penetrantes… Ariadne, que presenciaba la escena sentada junto a la ventana, tenía el mismo color de pelo que sus hermanos mayores y ahora lo llevaba atado en una larga trenza que le caía por la espalda. Su hermosura era conocida en todo el reino.
-Majestad, como ya le hemos dicho, cuando un vidente muere, su don viaja y se instala en el vientre de una mujer embarazada, que a los nueve meses da a luz a un nuevo niño o niña con el don de la clarividencia…
-Sí, ya me lo habéis dicho. ¡Lo que quiero saber es dónde está ese niño! Si no recuerdo mal el viejo vidente murió hará casi seis años –repuso Kareth.
-Sí, así es, Majestad. Y aquí le traemos al espía Huniv, que ha averiguado algo…
Un hombre con el rostro tapado con un paño rojo se adelantó. De su apariencia sólo se revelaban sus manos, tostadas por el sol infernal del desierto y sus ojos, oscuros y penetrantes como dos pozos sin fin.
-Majestad –dijo con su suave voz-, he averiguado el paradero del nuevo vidente, o, mejor dicho, de los nuevos videntes, porque son dos.
-¿Dos? Tenía entendido que…
-Sí –interrumpió Huniv-. Parece ser que al morir el anterior vidente, su don se instaló en el vientre de una mujer embarazada de gemelos. Son un niño y una niña, tienen cinco años y viven en La Llanura, lindando con mi comarca, junto al río Aren, a la altura del bosque.
-Excelente… excelente –musitó el rey. Sonrió a su hermana y le dio la impresión de que hacía días que no lo hacía. – Quiero que mandéis una tropa de seis soldados a casa de esos críos y me los traigáis aquí. A los dos, ¿entendido? Es posible que mi hermano también los esté buscando.
-Ya vienen –dijo Nell.
Su hermano se limitó a asentir, pues ya lo sabía.
De pronto, por el este vieron aparecer una nube de polvo que se movía hacia ellos y descubrieron que se trataba de seis hombres montados a caballo. Cuando llegaron a ellos, se apearon y se les acercaron.
-¿Sois Nell y Aaron? –al ver que los chicos asentían, el hombre continuó-. El rey Ronan ordena que vayáis los dos a su corte de inmediato y nos envía para llevaros. Así que despedíos de vuestra familia y montad en los caballos. Cada uno irá con uno de nosotros.
-Ya nos hemos despedido de nuestra familia.
-¿Sabíais que vendríamos? –se asombró el soldado, aunque luego pareció comprender y esbozó una sonrisa-. Sí, claro, es obvio. Pero… ¿por qué no están aquí vuestros padres?
-Los mandamos al bosque porque temíamos que resultaran heridos.
-¿Heridos? Pero si no vamos a hacerles nada, niños.
-Nunca se sabe –repuso Aaron enigmáticamente.
Entonces seis caballeros que venían del oeste salieron galopando del bosque y se abalanzaron sobre los otros en una encarnizada batalla. Los niños se apartaron y se cogieron de la mano, impasibles ante la matanza que transcurría ante ellos, ya que sus ojos habían visto miles de batallas peores que aquella a lo largo de los siglos.
Al final, todos los caballeros acabaron muertos en el suelo y uno de ellos, moribundo, les susurró antes de morir:
-Id con Kareth…
Sin embargo los niños se abrazaron y se desearon suerte mutuamente antes de tomar caminos separados. Nell se fue hacia oeste, al encuentro de Kareth, y Aaron puso rumbo hacia el sol naciente, hacia la corte de Ronan.
-¿Venceré? –le preguntaba Ronan a Aaron en la sala del trono.
-Depende de lo que entiendas por vencer. En todas las batallas se pierde algo.
-Sí, pero ¿cuál será el resultado final? Necesito saberlo, criaturita, porque si has visto que voy a perder, tendré que prepararme mejor para cambiar eso.
-No lo entiendes –repuso Aaron con calma-. Yo veo el futuro, y lo que se me revela pasará. No se puede cambiar, quienes lo han intentado han fracasado.
-Está bien, pero dímelo igualmente –insistió Ronan-. Quiero la verdad.
-Y, ¿qué pasaría si te digo que te matarán? –replicó Aaron sin inmutarse.
Ronan parecía haberse quedado sin palabras. Y Aaron continuó:
-Aunque ante ti veas a un niño, te equivocarías estrepitosamente si pensaras que sólo tengo cinco años. Ese es un error que han cometido muchos reyes antes que tú. Mi hermana y yo llevamos siglos viviendo, aunque encarnados en diferentes cuerpos. Y nuestra longevidad nos ha enseñado mucho –Ronan estaba atónito. Hasta entonces, el niño había sido muy dócil y ahora, de repente, parecía mucho mayor y más temible-. Hemos aprendido a ser sinceros con quienes nos preguntan, pero sin revelar los datos exactos de nuestras visiones; eso os destruiría.
-¿Destruirme? –repitió escéptico el rey.
-Sí. A los hombres les cuesta aceptar su muerte y la de los suyos y en muchas ocasiones se vuelven locos al conocer la verdad. Así que los videntes nos dedicamos a enseñar a los demás a aceptar su destino y, en ocasiones, nos permitimos intervenir en la Historia para facilitarlo, ya que el futuro siempre es inminente. Los hombres son libres, no temas –añadió al observar la cara del rey-; lo que yo veo es el resultado de sus libres acciones.
-Está bien… Pensé que serías más… esclarecedor. Pero, ¿puedes decirme si habrá batalla? –preguntó Ronan en un último intento.
-Ya sabes que la habrá, eso no es nuevo para ti. Será en el Valle de Nurr, y los dos ejércitos os encontraréis frente a frente. Sólo repetiré lo que he dicho antes: en todas las batallas se pierde algo.
Aaron se disponía a salir de la habitación cuando el rey lo llamó con una última pregunta:
-¿Sabe mi hermano esto?
-Imagino que Nell le habrá contado lo mismo que yo a Su Majestad.
Ariadne estaba muy preocupada por sus hermanos y por el destino de Varna. Recordaba una y otra vez las últimas palabras que le dirigió su padre:
-Ariadne, mi querida niña… A ti no te daré nada que gobernar, sé que no lo deseas. A ti te daré el más precioso de los regalos… tu libertad. Quiero que seas libre para ser quien quieras ser. Tus hermanos ansían gobernar, pero se darán cuenta, tarde, como yo, de que serán esclavos de su reino a pesar de todas las felicidades que les va a reportar. Tú eres inteligente, mi niña. Y prudente. Aconseja a tus hermanos, es lo único que te pido…
Se encontraban en el Valle de Nurr y la batalla era inminente. Los dos ejércitos se miraban frente a frente, como habían predicho los niños videntes. Estos ejércitos estaban compuestos por gentes de todo el reino y todas las comarcas. Las tropas de los dos reyes habían irrumpido en todos los pueblos y casas, separando familias y alistando a cada cual en sus ejércitos.
El miedo flotaba en el aire y parecía solidificar el ambiente, ralentizando los movimientos de quienes se preparaban para luchar. Todos temían lo mismo: “¿Mataré sin querer a un amigo?”.
La batalla iba a comenzar. Los dos reyes se medían con la mirada desde uno y otro lado del valle, en primera fila. Ambos tenían un arco en las manos y serían quienes dieran comienzo a la batalla. Tensaron sus arcos y dejaron escapar una flecha cada uno, con intención de atravesar al otro.
Sin embargo, una mancha blanca corría por el campo de batalla, entre ambos ejércitos, y las dos flechas atravesaron su cuerpo desarmado.
Los soldados se quedaron inmóviles en sus puestos y los dos reyes salieron corriendo hacia la figura caída en medio del campo. Al llegar a ella sus mayores temores se confirmaron.
Ariadne tenía una flecha clavada en el pecho y otra en la espalda. Los dos hermanos estaban horrorizados. Ellos, con su avaricia y su temeridad habían acabado por matar a su hermana, a la que tanto amaban y el dolor que sentían entonces les agarrotaba los músculos y les impedía hablar.
-No lloréis… Soy libre para decidir lo que debía hacer... Abrazaos…, ese es mi deseo… -susurró Ariadne antes de morir.
Los dos hermanos, con los ojos arrasados en lágrimas, se dieron un fuerte abrazo con el cuerpo de su hermana, aún caliente, entre ambos. Poco después, un temblor recorrió la tierra al tirar ambos ejércitos sus armas al suelo y correr hacia sus familias, que esperaban al otro lado.
En medio de la conmoción, dos niños de ojos deslumbrantes se abrazaban.
PSEUDÓNIMO: Paz