Desde un pueblecito rumano


La noche era fría y las callejuelas de aquel diminuto pueblo del sur de Transilvania estaban completamente desiertas.
Ilona se hallaba sentada frente a la pequeña chimenea, mientras gruesos copos de nieve caían afuera constantemente. El viento soplaba furioso, haciendo crujir la madera y temblar los cristales de los ventanales. Sin embargo, nada conseguía distraer a la muchacha, que observaba ensimismada unas fotografías. Su hermana Vicuska se las había enviado desde España, su nuevo hogar.
Hacía ya dos años que la joven había partido en busca de trabajo al extranjero. Al principio, tenía planeado volver en cuanto hubiese ganado el dinero suficiente para ayudar a su familia, pero más tarde decidió instalarse allí. Ya había hecho su vida; tenía trabajo, pareja y casa. ¿Qué más podría desear?
Ilona sintió que los párpados empezaban a cerrársele y decidió que ya era hora de acostarse. Procurando no despertar a la pequeña Mashac, dormida en su regazo, metió las fotografías de nuevo en el sobre y lo guardó en el cajón de su mesita. Después se acercó con sigilo a la  litera del fondo de la habitación y comprobó que Josef y Franciska, los gemelos, estuviesen bien arropados. Por supuesto, no lo estaban. El primero tenía la cabeza en los pies de la cama, mientras que la otra asomaba peligrosamente casi la mitad de su cuerpo por la de arriba.
Cuando por fin iba a acostarse, un golpe seco se oyó en la entrada. Ilona entreabrió la puerta con precaución para que no hiciese ruido y pudo ver a su padrastro dando tumbos por el salón.
-          ¿Qué ha sido ese ruido, hermana? ¿Ha vuelto ya Mihai?- preguntó una vocecita a su lado. Kristof había despertado. Estuvo segura de que era él antes de verlo, ya que era el único en casa que llamaba por su nombre a su padrastro.
Ilona le tapó la boca inmediatamente con la esperanza de que no lo hubiese oído.
-          A callar y a dormir, hermanito. Tan sólo ha sido el viento al cerrar la puerta- susurró Ilona.
 No había noche en la cual Mihai Balanescu no volviese borracho a casa. Por ello prefería no cruzarse en su camino al encontrarse en ese estado, sabía muy bien que podía llegar a ser peligroso. Así que empujando adentro a su hermano, volvió a arrimar la puerta y se acostó.
Ya no tenía ganas de dormir, la rabia hacía que le hirviese la sangre. Estaba harta de todo. Odiaba aquel pueblo, a su irresponsable padrastro adicto al alcohol, sus vacas, los cerdos a los que cebaba todos los días, el intenso frío que se calaba en sus huesos cada noche y un sinfín de cosas en las que prefería no pensar. Aún no habiendo cumplido los dieciséis, sus manos estaban encallecidas y ásperas de trabajar, mientras que aquel hombre no movía un solo dedo por los cinco hijos a los que se suponía que debía de mantener. Seguramente fuera esto lo que animó a la muchacha a tomar aquella decisión, una que cambiaría su vida definitivamente. Iría a España, igual que antaño su hermana y su madre, de la que nunca más volvieron a tener noticias.

  
Incluso antes de que el gallo anunciase la salida del sol, Ilona estaba en pie. Era muy temprano cuando recogió sus dorados cabellos con una cinta, se arremangó la falda y se dispuso a recoger  las hortalizas del huerto. No le importaba si aún no habían madurado o si el invierno las había congelado, ni siquiera sentía en su piel el frío del alba. Simplemente las necesitaba. Cuando hubo terminado de recoger lo necesario se plantó en su habitación, guardó en su bolsa las cartas de su hermana, junto con el resto de sus pocas pertenencias y se paró un momento para reflexionar sobre lo que estaba a punto de hacer. Una punzada de angustia le llegó al estómago. No podía vacilar ahora, no cuando ya había tomado la decisión. Para eso había estado dos años ahorrando, para darles una vida mejor, no tenía intención de estropearlo todo. Además, no pensaba dejar a las cuatro personas que más quería en este mundo a cargo de semejante hombre. Josef, Franciska, Kristof y Mashac huirían con ella.     
El carro de las seis llegó puntual a la parada. Los niños ya empezaban a subir e Ilona empaquetaba los bultos cuando una joven más o menos de su edad se acercó corriendo y subió con los demás. Era Helena, su antigua compañera de la escuela. Su pelo de un negro azabache estaba completamente revuelto, como si acabara de levantarse y sus ojos marrones hinchados y llorosos. Al igual que sus acompañantes, portaba entre sus temblorosas manos lo que parecía un hatillo con comida. No le hizo falta explicar qué hacía allí, ya que una señora regordeta acababa de doblar la esquina, corriendo lo más rápido que sus cortas piernas le permitían y empezó a gritar cuando el carro se puso en marcha.
-          ¡Helena, vuelve aquí ahora mismo! ¡Bájate de ahí, Helena, o te desheredo!- aullaba como una loca.- ¡Oiga! ¡Oiga, pare el carro!- pero el conductor no parecía oírla.
En cuanto se encontró a salvo, la recién llegada se desplomó en el suelo y se echó a llorar.
-          ¡Estás loca!- exclamó Ilona.- Tienes una familia que te quiere, una casa cómoda…
-           ¡Oh, Ilona! No aguanto más, mi padre pretende que herede la granja. ¡No permaneceré aquí eternamente, quiero ir a estudiar a la ciudad! Estas cuatro casas ya no me ofrecen nada -sollozó Helena.
Mientras, la mujer que les perseguía se había rendido y tan sólo le quedaban fuerzas para seguir gritando y agitar los brazos de forma amenazadora.
Ilona se detuvo y contempló la escena. Por un lado, Helena continuaba lamentándose en su rincón, y al otro los niños, que cansados tras la larga caminata hasta la parada, se habían hecho un ovillo entre todos para guardar el calor. Era enternecedor ver cómo los mayores cuidaban a los más pequeños y frágiles. Todos volvían a dormir ya. Unos con el dedo en la boca y la pequeña Mashac aferrada a su muñeca de trapo.
La amenazadora señora era ya solo un punto en el horizonte. Con gran pesar, Ilona comprendió que era justo eso lo que más necesitaban. Una madre que se preocupara por ellos.
 Una vez hubieron llegado a la ciudad buscaron la estación, donde Helena tomó un camino diferente. Ella comenzaría de nuevo allí. Sin embargo, el destino de Ilona y sus hermanos se encontraba a miles de kilómetros de allí, por lo que cogerían el tren.
Tardaron unos minutos en sacar los billetes. Después se pararon en el andén para acabar los restos de comida que se habían llevado de casa y así llevar la menor carga posible en el viaje.
Los compartimentos eran minúsculos en comparación con el número de personas que llevaban dentro, pero aquello seguía siendo sumamente lujoso para los niños. Acostumbrados a la miseria, todo lo que les rodeaba era maravilloso.
La muchacha observaba su reflejo a lo largo del interminable viaje. Sus rasgos eran ya los de una mujer. Puede que fuese su situación la que la hiciese madurar tan rápidamente. No se atrevía a mirarse los ojos, de un verde intenso, se avergonzaba de sí misma. Ocurría cada vez que los posaba sobre los billetes marcados por el revisor. Poca gente que se escapara de casa se podría permitir semejante calidad en el viaje. Sabía perfectamente que no habían sido sólo sus ahorros lo que había pagado los billetes para cinco, sino también los de Mihai, que escondía detrás del espejo del baño. Rezó por el día en que llegase a perdonarlos, o al menos a entender lo que les llevó a hacerlo.
Esa noche pensó en todos aquellos que en esos días emigraban a países completamente desconocidos para ellos, sin ninguna garantía. A diario había oído rumores de gente que viajaba a España durante las temporadas de recolección de fresas. O de aquellas chicas que eran explotadas por las mafias, siendo obligadas a vender su cuerpo a cualquiera. Cada vez que pensaba en ello, unos horribles escalofríos le recorrían la espalda haciendo que se estremeciese. Una cosa estaba bien clara; ninguno de ellos se podría permitir la comodidad de la que estaban gozando ellos. Era por eso, por lo que les recordaba a los niños a menudo lo afortunados que eran.

A pesar de que hacía años que Ilona no pisaba la escuela, sus torpes cálculos la habían prevenido justo a tiempo. Cuando ya llevaban varias semanas de viaje, supo que el dinero se les había agotado y que tendrían que bajarse en la siguiente parada. Sin embargo, todavía no habían llegado a la frontera de los Pirineos.
La muchacha pasaba las noches en vela intentando idear un plan que les permitiese permanecer unos días más en el tren. Sabía que el interventor pasaba revisión cada vez que el tren se disponía a salir tras una parada.
Llegado el momento, los niños se desplegaron. Cada uno debía fingir que era hijo de alguno de los pasajeros sin que estos se enteraran, mientras que Ilona se escondía en los servicios. Hasta Kristof, el más pequeño de todos cumplió bien su papel. De este modo consiguieron sortear al revisor en dos ocasiones más, pero a la tercera les descubrieron, y fueron inmediatamente expulsados del tren junto con su ligero equipaje.
En esos instantes la desesperación se apoderó de la muchacha. No sabía dónde estaba, ni cómo llegaría a su destino. Podrían seguir las vías sin problemas, pero esto no solucionaría el problema del hambre ni del frío, que empezaba a hacerse más fuerte a medida que se adentraban en la cordillera.

Ya habían pasado una semana de dura travesía, durante la que sobrevivieron a base de recolectar frutos y setas en el bosque. Poco después, la pequeña Mashac cayó gravemente enferma. Nadie sabía con certeza el motivo. Josef y Franciska, siempre de acuerdo a la hora de hablar, afirmaban haberla visto comer en el bosque unas extrañas setas rojas con lunares blancos. Kristof no sabía qué decir, sólo lloraba al ver a su hermanita tan débil. Ilona estaba casi segura de que había sido el frío y el hambre mezclados lo que había hecho bajar sus fuerzas.
La muchacha decidió seguir avanzando hasta la frontera con el fin de encontrar ayuda. Por suerte ésta no se encontraba muy lejos. Pero cuál fue su sorpresa al darse cuenta de que esa ayuda no estaba a su alcance. Ésta implicaba una identificación, y si los guardias de la aduana descubrían que viajaban solos, probablemente les reportarían de nuevo a Rumanía. A la chica la aterraba esa posibilidad. Ante todo debían pasar sin ser vistos, pero sería muy difícil con tantos hombres vigilando.
Cerca de allí había una casucha de ganado casi en ruinas, el lugar perfecto para esconderse estando resguardados. Una vez asimilado que nadie les ayudaría, Ilona tomó las riendas del asunto. Mandó a sus hermanos en busca de algunas mantas para Mashac y un poco de nieve. Cuando todo estuvo listo, envolvió a la pequeña con las mantas y le colocó un poco de la nieve que habían traído en la frente para bajar la fiebre. A continuación encendió un fuego, con el que calentó en una cacerola el resto de nieve, que mezclada con unas hierbas halladas por Fran darían como resultado una potente infusión. Ya estaba todo hecho, ahora sólo quedaba esperar un milagro.
Y para gran alivio de Ilona, éste llegó esa misma madrugada.
Un fuerte estruendo despertó a la muchacha, que salió para ver lo que ocurría y sus ojos se abrieron como platos. No se le podía escapar aquella oportunidad y no tenía casi tiempo. Despabiló con rapidez a sus hermanos y empaquetó todo aquello que habían dejado por el suelo. Cogidos de la mano echaron los cinco a correr y sólo la muchacha sabía porqué.
Aquellas imágenes quedaron grabadas en las memorias de los niños al pasar por la frontera de Francia con el País Vasco. Una banda de hombres armados con pistolas y explosivos, atacaban a los guardias, pillándoles desprevenidos. La escena era violenta y ya había un par de cuerpos inertes tendidos en el suelo, parcialmente cubierto de sangre. Enseguida se reunieron todos los policías en un punto para aumentar su fuerza, dejando así el paso libre. Aún viendo como una chica cruzaba sin enseñar sus papeles, ninguno de ellos creyó oportuno detenerla en ese momento, aunque los que la vieron quedaron estupefactos al notar que llevaba tres niños cogidos de la mano y a una cuarta envuelta en mantas en sus brazos.  

 

Una mujer de cabellos dorados y radiantes ojos verdes tomaba un té tranquilamente en una cafetería tras tres largas horas de trabajo en el hospital de Barcelona, donde ocupaba un puesto de enfermera. Su mente se encontraba muy lejos de la página del periódico que estaba leyendo. Acababa de asistir a una operación de una señora que había sido herida por arma blanca. Los médicos habían dicho que una banda de rumanos había irrumpido en su casa, robándole todos los objetos de valor  e hiriéndola de gravedad.
Estaba horrorizada. Ella misma era inmigrante rumana.
En esos momentos, uno de los camareros cambió el canal de la televisión del establecimiento. Estaban dando las noticias. Con gran asombró, la mujer se dio cuenta de que el pueblo que mostraba era el suyo. Jamás olvidaría su tierra, la casa en la que había nacido y se había criado, ni siquiera el colegio en el que había cursado la primaria. Pero todos esos recuerdos quedaban ya muy lejanos en su memoria, demasiado distantes como para añorarlos. Pensó en sus hermanos, que en esos instantes estaban en clase. Se preguntaba si ellos lo recordaban, ya que eran muy pequeños cuando lo abandonaron.
Ilona visualizó de repente a todos los amigos que había dejado atrás, que al igual que ella querían alejarse de aquel lugar de frío y pobreza. También a aquellos que en ese mismo momento viajaban clandestinamente. Les dedicó unos segundos de silencio, en los que cerró los ojos dejando que los cálidos rayos del sol acariciasen su blanquecina piel, y les deseó con fuerza toda la suerte del mundo.
Recordaría por siempre el viaje que habían emprendido hacía ya diez años, cuando una mañana decidió abandonar su país, sin garantías, sin vuelta atrás.

 

 

 

 

 

PSEUDÓNIMO: Brandom Flowers
EDAD: 15 años.