ESCRITO SOBRE LA ARENA
Mateo era un niño como otro cualquiera. Al menos, a simple vista. Tal vez sólo sus ojos grises, siempre apagados, daban pistas sobre su desgracia mientras caminaba por las estrechas calles del pueblecito costero. Solía vérsele en el paseo de la playa o por el muelle, siempre mirando al mar. El mar que, tan inmenso y azul, le recordaba a sus padres. Habían muerto meses atrás.
Mateo había evitado por completo hacer amigos. Le habían trasladado a vivir con su tía, una anciana de piel curtida y sonrisa franca. Pero era un niño muy tímido; y su timidez se acentúo con la muerte de sus padres. Mateo se encerró en su mundo. El pequeño mundo de un pequeño niño, pero con un enorme y negro agujero que se lo comía.
Un día, al salir de la escuela local, Mateo se entretuvo en el muelle, mirando las olas. Fue entonces cuando vio a un anciano de mirada gris y pensativa sentado en una roca. Mateo notó que no estaba mirando hacia el mar, como él, sino hacia la arena de la playa. Al mirar más atentamente, se dio cuenta de que el anciano observaba las huellas que había sobre la arena. A veces sonreía y otras se ponía tenso, como si viera algo que los demás no. Mateo se alejó un trecho, se sentó en el borde del paseo y se puso a observar las huellas.
Tras un rato, localizó unas en particular. Eran de un ser humano y un perro. Al tiempo que las miraba, ante sus ojos comenzaron a delinearse unas figuras que corrían por la playa. Se trataba de un hombre de unos treinta años acompañado por un juguetón mastín pardo. El hombre se reía a carcajadas mientras jugaba con el contento can. Mateo se dio cuenta de que le recordaba a su padre, en las descoloridas fotografías de hacía años. El niño quiso ir a jugar con ellos, pero al acercarse se dio cuenta de que un viento invisible se los llevaba como granos de arena. El niño derramó una lágrima y se giró con los puños apretados.
A pesar de aquello, al día siguiente Mateo volvió a la playa. Se sentó en una gran roca y se dedicó a observar huellas. Pronto atrajeron su atención las de unos caballos que parecían galopar a la par. En seguida se formaron ante sus ojos cientos de jinetes cabalgando bajo un estandarte de color verde esmeralda. En el lado opuesto, otro ejército se abalanzaba sobre el primero, pero éste portaba un estandarte del color azul del mar en invierno. Galopaban con soltura, y sus espadas y lanzas relucían al sol. Mateo escuchó, con ilusión infantil, los tambores y las trompetas propios de las películas de guerras antiguas.
Y así llegó otro amanecer al pueblecito costero. Mateo se encontró de nuevo sentado en el borde del paseo, mirando la arena. Descubrió unas huellas que no pudo identificar, eran todas distintas y parecían de animales. Sí, animales… Grandes y esbeltas jirafas caminaban tranquilamente por la playa. Había monos, tigres e incluso pingüinos perfilándose contra el sol de la tarde. Parecía una especie de extraño sueño perdido, como el zoológico al que solía ir Mateo con sus padres en primavera. Lo que al niño más le gustaba eran los elefantes. Allí, sentado en el paseo, pudo ver claramente los ojos profundos, melancólicos e inteligentes del enorme elefante africano; mas, cuando Mateo alargó una mano para rozarlo, todo se difuminó y desapareció.
En los días siguientes, el niño presenció, con sólo siete años de edad, las cosas más asombrosas. Vio astronautas, dinosaurios, dioses egipcios, sirenas… Y vio a sus padres.
Aparecieron un día en la playa, como todas las demás visiones. Iban paseando por la orilla del mar, con un niño de unos cuatro años, al que abrazaban y daban besos. Ese niño era él, Mateo. De repente las tres figuras se acercaron a Mateo y el pequeño alargó la mano para tocar al auténtico. Mateo y su yo pasado se fundieron en uno. Sus padres sonrieron y su madre le depositó un objeto en la mano abierta. Después le lanzó un beso, al tiempo que ambos se despedían de él moviendo las manos. Mateo agitó el brazo con emoción, tanto que luego le dolió. Cuando sus padres desaparecieron llevados por el invisible viento, el niño abrió la mano para ver el último regalo de su madre. Era una pequeña caracola.
Aquel encuentro hizo comprender a Mateo que sus padres, estuviesen donde estuviesen, aún le querían y siempre lo harían. Comprendió aquel día que no le habían abandonado, sino que habían tenido que irse. Y, a partir de entonces, el niño volvió a vivir. Sus ojos grises volvieron a brillar.
Un día, mientras estaba en el muelle, dos niños de su edad invitaron a Mateo a jugar con ellos. Como no había hecho en mucho tiempo, el niño sonrió y asintió. Él sabía que, si no todos los días, sí cada dos, encontraría tiempo para sentarse en el borde del paseo y vivir aventuras al mirar las huellas.
Todo lo contemplaba una señora mayor de piel curtida, que sonreía, orgullosa, al ver que su sobrino volvía a ser feliz. Y, junto a ella, un anciano de silueta difusa y mirada gris y pensativa, lanzaba al aire y recogía una pequeña caracola mientras observaba lo que estaba escrito sobre la arena.
Ester Benito León (2º de ESO)