LA ARAÑA Y EL MOSQUITO

Érase una vez, hace muchos, muchos años, un príncipe que recibía clases en su palacio. Era muy inquieto, travieso y curioso, pero un buen niño a pesar de estar muy consentido.

En una de sus clases, hablaban de la naturaleza y el príncipe, interrumpiendo, le dijo a su maestro: “¿Con qué fin Dios creó las arañas y los mosquitos? Son asquerosos y molestos, no tiene ningún sentido su existencia, yo los haría desaparecer”.

El maestro explicó al príncipe que Dios era sabio y todo cuanto había creado era útil.  “Pero si son feísimos”, insistía el príncipe.
Siguió recibiendo clases, adquiriendo conocimientos, y con los años se convirtió en Rey.

Hubo una guerra muy cruel y larga en la que murieron muchos soldados, y sólo quedaban ya su escolta y él. Una madrugada, el enemigo les sorprendió durmiendo e hizo prisioneros a todos sus escoltas. Él logró escapar; se adentró en el bosque, cayó rendido al lado de un árbol y se  durmió.

Cuál sería su sorpresa cuando lo despertó la picadura de un mosquito, como si lo advirtiera de que tenía el enemigo encima.

Echó a correr y se encontró con una cueva que le sirvió de refugio. Allí pensó: “Gracias a un mosquito he salvado mi vida, gracias Dios mío”.

Ya al anochecer quedó dormido de nuevo, lo despertaron unos ruidos de caballos y oyó unas voces que decían: “Vamos a entrar en esta cueva, seguro que está aquí”. De pronto, uno de ellos dijo: “No es posible, pues la entrada está cubierta de telas de araña, si hubiera entrado estarían rotas ”.

Convencidos de ello, los soldados se fueron para seguir su búsqueda.

El rey, de nuevo, no salía de su asombro: parecía que las arañas habían tejido toda la noche para salvarle la vida.

Fue entonces cuando se echó a llorar y recordó las palabras de su maestro, que tenía razón cuando le dijo que todos los animales eran útiles. Se había salvado por segunda vez gracias a una araña.

Pudo reinar y a sus hijos, además de las enseñanzas de sus maestros, él personalmente les hacía ver que todo cuanto Dios había creado tenía utilidad, por lo que nunca debían menospreciar a nada ni a nadie.

                                Isabel Andrés Ferrera (1º ESO)