PRIMER PREMIO CATEGORÍA B

AUTORA: Beatriz Castro Andrés, 1º Bachillerato

LEYENDA POPULAR

Os voy a contar una historia que me contó mi madre cuando era pequeña y que ha sido transmitida de generación en generación en mi familia durante muchísimos años.

La historia transcurre en un pequeño pueblecito gallego bañado por el mar. 

En un caserío apartado del pueblo, antiguo y parcialmente derruido vivía una anciana con su nieto que contaba apenas 12 años.

Era la criatura un niño despierto y alegre, obediente y bastante curioso.

Todas las tardes se sentaban la anciana y el niño en el porche de madera. La anciana se acomodaba en una ruidosa mecedora y el niño se sentaba sobre una manta en el suelo muy cerca de ella.

La abuela solía contarle a su nieto extrañas y fantásticas historias sobre hadas, dragones, sirenas y monstruos marinos mientras el sol se ocultaba tras el acantilado dejando en penumbra todo el pueblo.

Al niño le encandilaban las fabulosas historias de su abuela pero con frecuencia se preguntaba si su abuela no conocía cuentos infantiles como  el de “Hansen y Gretel” o el de “Pinocho” ya que sus historias siempre narraban fantásticas aventuras cuyos protagonistas eran seres imaginarios.

Más de una vez se lo había preguntado y por toda respuesta  obtenía un gesto de preocupación unido a un ligero fruncimiento de labios y frases sencillas para eludir el tema.

El tiempo pasó veloz y el niño se había transformado en un joven inteligente y doblemente observador.

Su interés por el silencio de la abuela era desmesurado lo que había provocado un ligero distanciamiento entre ambos.

El joven ya no solo preguntaba sino que husmeaba en lugares prohibidos de la casa y solicitaba información en los chismosos del pueblo pero sin obtener nada interesante.

Un día normal como cualquier otro, o eso pensaba el joven, llegó a casa después de dar un reconfortante paseo por la playa cuando el sol todavía brillaba en lo alto, muy lejos de esconderse tras el acantilado.

Podría pasarse horas y horas allí, mirando el mar, ese gigante azul tan atractivo y, a la vez tan temible. Desde chico iba todos las mañanas a la playa y paseaba por sus orillas, escudriñaba el horizonte, escuchaba el sonido del mar en las caracolas y cada día se enamoraba un poco más del  gigante azul. El mar ejercía una total atracción sobre él, hasta el punto de perder la noción del tiempo, el apetito…

Se encontró a su abuela recostada en su estrafalaria mecedora que se mecía al compás de sus ronquidos. Susurró su nombre en voz baja y se despertó al instante sobresaltada pero luego sonrió y le miró tiernamente con sus ojos color turquesa, color del mar.

Le invitó a sentarse a su lado. Hacía bastante tiempo que no pasaban tiempo juntos y añoraba sus caricias, su olor a sal y sus historias.
La anciana carraspeó y se aclaró  la garganta. Titubeó y empezó a hablar.

No se trataba de una de sus historias como el joven esperaba sino de algo mucho más importante. La hora había llegado, ya era lo suficientemente hombre para saber la verdad.

-Si no te he contado esto antes-comenzó  la anciana- es porque no te creía preparado para saberlo y porque tu instrucción no había finalizado aún. Me ha costado mucho mantener el secreto todos estos años, sobre todo estos últimos meses debido a tu repentino interés sobre esta cuestión pero ya estás preparado para conocer la historia de tu vida -la anciana suspiró y continuó. Su nieto la escuchaba con atención, ligeramente confuso.

-¿Nunca te has preguntado el porqué  de esa descomedida atracción por el mar?- interrogó la abuela. El joven abrió la boca para contestar pero su abuela le hizo un gesto para que callase y continuó.

- Desde mucho tiempo atrás nuestra familia ha sido poseedora de un secreto enorme: el mar. El mar es nuestro elemento y cuidamos de él como si fuese nuestro propio hijo.

-Pero… abuela- interrumpió el joven y en esta ocasión la anciana no lo evitó- todo el mundo puede ver el mar, no es un secreto.

-Cierto, pero nadie ve más allá  de los peces o del agua y, créeme, hay mucho más.

No comprendió qué le quería decir su abuela y lo manifestó externamente con gesto de desconcierto. Su abuela se explicó.

-Los miembros de nuestra familia son y han sido siempre, mi niño, sirenas. Las sirenas protegen y cuidan a todos los seres marinos: peces, arrecifes y algas y se encargan de mantener el mar en perfecto equilibrio y evitar el efecto dañino del ser humano.

El gesto de desconcierto del joven se tornó en asombro e incredulidad.

-No todos, por supuesto,- continuó  la anciana- sólo aquellos que decidieron unirse al mar por el resto de sus días. Yo no lo hice pues tenía una misión, cuidar de ti después de que tus padres se atasen al mar doce años atrás e instruirte para que llegado tu momento pudieses elegir si permanecer en la vida terrenal, como hice yo, o internarte en el agua para el resto de tu vida.

-Pero, pero… ¿y tú que harás, abuela?- preguntó el muchacho.

-Yo no puedo dar vuelta atrás pero no me arrepiento de mi elección.- Le sonrió débilmente y muchas arruguitas se formaron en las comisuras de sus labios y bajo los ojos tono turquesa, color del mar.

-Tienes que prepararte-le apremió la anciana- tienes hasta esta noche para decidirte.

-Pero, abuela, no quiero dejarte…

-Estaré bien, no te preocupes mi niño.

La anciana se levantó de su mecedora y asió a su nieto contra su pecho con fuerza. Mientras lo abrazaba dos gotas saladas brotaron de sus ojos y cayeron sobre la cabeza de su nieto.

En el cielo, el sol comenzaba a desaparecer tras el acantilado dando lugar a un precioso atardecer y el horizonte adquiría tonalidades violáceas y rojizas.

La abuela acompañó a su nieto hacia el borde del acantilado.

Una vez allí le dijo que lo único que tenía que hacer era lanzarse. Inmediatamente al entrar en contacto con el agua salada comenzaría la transformación, un manto de finas escamas doradas cubriría sus piernas y unas largas y fibrosas aletas revestirían sus pies. Por supuesto las sirenas no tenían cola como la gente ignorantemente pensaba ya que esta obstaculizaría notablemente los movimientos .En vez de esto, estaban provistas de dos largas extremidades que finalizaban en dos enérgicas aletas.  A los pocos segundos podría respirar sin dificultad bajo el agua.

Abuela y nieto se despidieron efusivamente conscientes de que nunca más se volverían a ver. Después, el joven se acercó al borde del acantilado y se propulsó hacia el mar cual ave recién liberada.

En el momento en que rozó el agua millones de gotitas de agua de los colores del arcoiris brotaron de las entrañas del gran gigante salado, alcanzando alturas de veinte metros y generando un bellísimo espectáculo que sería por siempre recordado por los habitantes del pueblo.    
Éstos conmemoran todos los años el glorioso día en el que tuvo lugar el fenómeno más bello que hubieran visto en la vida (creo recordar que era un doce de abril), el momento en que una pared de agua vertical de diversas tonalidades se alzó ante sus pupilas. Nadie supo explicar jamás las causas de esa maravilla. Sólo las sirenas, escondidas tras los arrecifes de coral mirando divertidas las reacciones de los vecinos del pueblo, sabían toda la verdad.