SONRISA DE OJOS AZULES

            Allí yacía Cayo Fulvio, triarius de la IX Legión, la Hispana, de los ejércitos de la República de Roma, nacido en la misma Roma en el año 166 a. C. , legionario primero en la I Legión, Germánica y después en la V o Macedónica, hasta que pasó a combatir en la Hispania romana, a las órdenes de Publio Cornelio Escipión Emiliano, el Africano Menor, el mejor soldado de Roma. Y había caído muerto en el año 2010, en el país llamado España, una democracia perteneciente a la Unión Europea. Su cuerpo había abandonado la vida en frente del bonito edificio del Ayuntamiento de Garray, en la provincia de Soria.

            Cayo Fulvio, en su reclusión en la celda del campamento Valdevortón, tercer campamento de Escipión en su sitio a Numancia, pensaba en lo que le había sucedido. Había salido victorioso, o como mucho herido no de gravedad, de numerosas contiendas con las legiones en lugares muy lejanos de lo que era su tierra. Había tenido mucha suerte por seguir vivo y llegar a triarius, legionario veterano y experto, que luchaba sólamente si era imprescindible, cuando ya los legionarios jóvenes lo habían hecho y la mayoría estaban despanzurrados en el campo de combate. Sí que era afortunado y a veces se consideraba ya un poco "invencible". Recordaba su llegada a Hispania  dentro del conjunto de 4000 voluntarios que llegaron con Escipión, casi hipnotizados por el gran estratega vencedor de Cartago. Pudo soportar el terrible viaje por mar durante semanas sin descanso. También volvía a su mente el duro entrenamiento que sufrieron los ejércitos romanos para prepararse como Escipión quería para el asalto definitivo a la rebelde ciudad de Numancia. Aún no sabe cómo pudo soportar las terribles marchas de entrenamiento, pero lo hizo. El estricto cerco al que sometieron a la ciudad, con fosos, empalizadas y terraplenes, muros y torres de ataque; las catapultas, las ballestas...muchos hombres perdieron la vida durante los durísimos preparativos del asedio final, pero él, Cayo Fulvio, sobrevivió para contarlo. Y asimismo, pudo soportar las primeras luchas cuerpo a cuerpo con los fieros numantinos, con cuerpos mutilados y desangrados con crudeza. Pero también recuerda cuando se hundió hasta el fondo de su alma, cuando no pudo soportar ya más.  Era el séptimo mes de terrible asedio. Los numantinos se estaban debilitando víctimas del agotamiento, las enfermedades y el hambre, mientras que en el bando romano no escaseaban ni víveres ni salud. Algunos numantinos intentaban librase del asedio atravesando el río tras bajar por los escarpados desfiladeros que rodeaban la ciudad sitiada. La desesperación hacía que lo que físicamente parecía imposible de lograr, y así era en opinión del propio Cayo Fulvio esa vía de escape, algunos lo consiguieran. Recuerda él bien cómo estaba de guardia en su contubernio, junto con otros tres legionarios, mientras los otros cuatro descansaban en el interior de la tienda de cuatro plazas. Tenían la misión de vigilar de continuo el río y los desfiladeros, para evitar que algún numantino se fugase. Y la orden de Escipión de no dejar ningún enemigo con vida. Era de noche y fue él quien detectó movimiento en la orilla del río. Avisó a sus compañeros de guardia y mientras uno de ellos daba aviso, él junto con los otros dos se dirigió con fiereza hacia el lugar. Esperaba encontrar soldados enemigos y estaba dispuesto a vengar con su gladius y con su pilum las dolorosas derrotas que anteriormente estos soldados habían infligido al glorioso y todopoderoso ejército romano. Pero se encontró  con dos niñas, una de ellas portando un bebé. ¿Cómo demonios habían conseguido llegar hasta allí? ¿Qué fuerza las guiaba para conseguirlo a pesar de su lamentable condición física, puesta de manifiesto por su delgadez y palidez? Y, ¿qué se supone que debía hacer ahora? ¿Matarlas como a ratas, incluso al bebé? Sencillamente no pudo hacer nada. Quedó bloqueado delante de las tres criaturas, paralizado, como si todas las batallas y combates en los que había participado le pasaran ahora factura, de golpe, de un enorme golpe. Sus dos compañeros gritaban, también lo hacían las niñas, incluso el bebé, pero él no podía pensar ni hacer nada. Una de las niñas, de tez oscura, pelo castaño bravo y extraños ojos azules se le quedó mirando aterrorizada, implorando piedad, pidiendo vivir. Mientras tanto los dos compañeros legionarios ya habían atravesado con sus pilum los cuerpos de su amiga y también el del niñito que primero llevaba en brazos, y ahora gritaban a Cayo Fulvio para que hiciera lo mismo. No lo hizo...no hizo nada. Finalmente pudo ver a la niña de ojos azules esbozando una pequeña sonrisa, trágica sonrisa, como de compasión hacia Cayo Fulvio, mientras el gladius de otro legionario acababa con su vida de un espadazo cruel. Ahí se acabó todo, recuerda. Ahí se acabó todo para las numantinas y también para él.
            Lo que ocurrió a continuación apenas lo recordaba: se derrumbó al suelo y tardó horas en despertar, en recuperarse. Y cuando lo hizo ya estaba en la celda, donde está ahora, como está ahora.
            Todos esos pensamientos, esos recuerdos, se le hacían eternos, como si el tiempo se detuviese mientras estaba recordando. Ahí estaba, en la celda del campamento, preso por no cumplir con su obligación de legionario, con las órdenes. Su futuro ahora era oscuro: sería deshonrado, destituido de su puesto y probablemente le ordenaran combatir en primera línea a partir de ese momento, con los jóvenes recién llegados y sin experiencia, pero mucho más fuertes y ágiles que él. Duraría poco con vida en ese puesto. Era el peor de los finales para un veterano y victorioso triarius como él.
            Algo le sacó de sus pensamientos. Se oía ruido afuera de la celda. Eran voces que no entendía de varias personas, hombres, mujeres e incluso niños, que se aproximaban a su celda. De pronto, la puerta se abrió y pudo ver a un grupo de unas diez personas de aspecto extraño. No llevaban casco, ni armadura, ni armas. Las ropas que vestían eran escasas, cortas y de colores muy distintos. Había mujeres, que llevaban camisetas ajustadas al cuerpo, una especie de falda corta y sandalias. Los hombres y los niños vestían de similar manera. Muchos llevaban raras bolsas colgando de espalda o brazos y algunos objetos metálicos relucientes sujetos de sus cuellos o manos. En cuanto le vieron, primero se asustaron, pero luego aplaudieron y sonrieron. Parecían congraciados de verlo, como si fuera una atracción. Él si que estaba asustado. Echó a correr hacia la puerta atropellando a unos cuantos y salió de la celda a la mayor velocidad que le permitieron ropajes, sandalias y coraza. Enseguida vio la salida del campamento. Era extraño, pues todo estaba derruido, viejo, como muerto y no había ningún legionario más y sí muchos de los otros, como los que había visto en la celda. Siguió corriendo sin parar hasta llegar a un ancho camino hecho con una piedra continua negra. Siguió corriendo. Todo lo que veía a su alrededor era completamente distinto a lo que conocía, todo había cambiado. No acababa de entender nada, lo que le hacía correr con más miedo. Llegó a lo que parecía un pueblo, pero tenía casas y otras cosas que no había visto nunca en otro sitio. Todo era distinto, diferente, extraño. Se paró delante de un edificio más viejo mientras muchos "otros" le observaban sorprendidos. Aquel lugar le recordaba a otro que conocía, pero completamente cambiado. Estaba perdido, solo entre extraños, desorientado, atemorizado, no sabía qué hacer.
            No vio acercarse a aquel duro enemigo. Era grande, muy grande y rápido, muy rápido. No era humano, pero sí pudo ver un hombre en su interior. Era demasiado enemigo incluso para él, un veterano legionario de una de las más aguerridas legiones de Roma. El enemigo embistió una sola vez, pero fue suficiente. El brutal golpe le hizo caer al suelo herido de muerte. Él, que había luchado en mil feroces batallas había caído por un solo golpe recibido por sorpresa en un lugar extraño, lleno de cosas extrañas y rodeado de personas aún más extrañas. Estaba muriendo, lo sabía. Era su fin. Y justo antes del fin pudo ver delante de su rostro la sonrisa de una niña, una niña de bonitos ojos azules.

 

Inés Moreno Río (1º ESO)