DÍA DEL LIBRO

CONCURSO DE CUENTOS
(segundo premio categoría b)

AUTOR: Juan Carvajal, de 1º de Bachillerato

MI HIJO Y SU PADRE



El gran día había llegado. Tras bastante dinero y más tiempo, después de semanas de preparación y estrés, allí estábamos, por fin juntos. Tenía que ser perfecto, y lo era.
Todos estaban allí, desde cercanos y no tan cercanos familiares a deseados y no tan deseados conocidos. Y, a un lado, apartado de la muchedumbre, callado pero visiblemente satisfecho, la persona sin la cual nada de esto estaría pasando, que había movido cielo y tierra con un enorme y desinteresado esfuerzo, mi mejor amigo de toda la vida; ese con el que había compartido todas mis vivencias en el colegio, instituto y universidad, el que me había ayudado siempre con todo y yo a él, pues haciendo eso era cuando mejor nos sentíamos, el que me había conseguido mi primera novia mientras yo hacía mil esfuerzos para que él aprobara cuarto de eso, el que siempre había estado a mi lado y yo al suyo, la que para mí era la mejor persona del mundo, el padrino de mi hijo.
Todo el mundo estaba con sus gigantescos regalos, regalos para un protagonista que, mostrando su figura de niño de nueve años vestido de marinero, revolucionó la sala, pues los invitados, como una maraña de futbolistas que felicitan a un goleador, se apelotonaron a su alrededor, corriendo a darle la enhorabuena; todos querían hablar con él y a él le encantaba ser el centro de atención.
Después de esta escena, los siguientes en ser rodeados por los protocolarios “enhorabuenas” fuimos nosotros, por nosotros quiero decir mi mujer y yo, los padres de la criatura.
Tras la tradicional, y, a juzgar por las caras de los presentes, especialmente de los niños, aburridísima ceremonia, se dio paso a lo importante: el banquete; llegaron los suculentos platos, aunque ya podían ser suculentos, con los 60 euros el cubierto que nos habían cobrado… e inmediatamente detrás vino lo que para el niño era verdaderamente trascendental, la apertura de regalos; en pocos minutos el pequeño marinero se vio felizmente rodeado de consolas, MP3 y demás cachivaches cibernéticos traídos por los invitados. Tras la apertura de cada uno, su madre murmuraba frases del estilo de “dónde lo meteremos”, “no tenemos sitio” y similares, frases acogidas con risa por los invitados, risa que evidenciaba el buen humor de todos los presentes.
Entonces llegó el momento cumbre, el regalo de su radiante padrino, mi ya mencionado amigo de toda la vida, que, al ponerse al lado del también radiante retoño, lanzó un barullo de pensamientos a mi mente, convertidos décimas de segundo después en claras explicaciones: esta feliz estampa me hizo ver claras muchas cosas; entendí por qué sus regalos eran siempre más grandes que los míos, por qué siempre que lo veía le daba descomunales sumas de dinero calificadas por él como “propinillas”, por qué le dedicaba más tiempo de lo normal, por muy padrino que fuese, si nunca le habían gustado los niños. “Mi hijo” era igual que su padre.