·  Con lo de comer no se juega  ·

 

    Mirar hacia abajo era aterrador.

Estaba sudorosa y agitada, casi no podía respirar. Conseguí subirme al muro, no sin esfuerzo, pero veía angustiada acercarse cada vez más a los perros con las fauces abiertas, ladrando sin parar. El muro no era muy alto, así que podrían saltarlo sin problemas... sólo había una solución: saltar abajo. Pero era aterrador, el otro lado del muro medía unos 3 metros.

    Los perros se acercaban, así que salté y di con el trasero en el duro suelo. Cuando quise levantarme no pude, ¡había hecho tal agujero en el suelo que me había quedado atrapada! Podía oír a los perros acercarse, a punto de saltar el muro; y cuando dos de ellos se asomaron por arriba y se lanzaron hacia mí, grité de puro pánico.

 

    Desperté sobresaltada y empapada en sudor, las sábanas se me pegaban al cuerpo y tardé un rato en darme cuenta de que todo había sido una pesadilla, la de siempre.

    Mi compañera de piso, Alicia, ya se había ido, así que yo también me puse en marcha. Al levantarme me encontré con mi reflejo en el espejo, al otro lado de la habitación: Alicia había vuelto a darle la vuelta. Yo siempre lo ponía del revés para no verme en él y así no tener que pasar media hora mirándome en él, lamentándome. Y es que mire donde mire sólo veo carnes y más carnes, no sé qué hacer con ellas y las odio. He intentado hacer miles de regímenes: que si la alcachofa, la zanahoria, el pepino... y nunca he conseguido terminar ninguno; para ser franca nunca he durado más de una semana.

    Me preparé el desayuno, cereales All Bran Kellog’s 0% de calorías, me vestí y salí como de costumbre a trabajar.

    Trabajo en publicidad; ideando, montando y preparando anuncios. Adoro mi trabajo, y soy buena en él. Pero, por irónico que sea, me paso el día viendo modelos con cintura de avispa, rodeada de gente guapa que a menudo me mira por encima del hombro o, peor aún, que ni siquiera repara en mi presencia.

    Ese día no teníamos mucho trabajo, así que acabamos pronto y cuando íbamos a salir, Silvia se me acercó. Las dos entramos juntas a trabajar la misma semana y desde aquel momento nos hicimos buenas amigas.

  -Julia, unos cuantos de nosotros vamos a ir a la piscina a relajarnos un poco, ¿te vienes? –me pregunta.

    Me disponía a decir que no cuando oigo a unos cuantos decir:

  -¿Para qué le preguntas a la gordi? Sabes de sobra que te va a decir que no.

  -Es verdad, Silvia, estoy segura de que le daría vergüenza ponerse en bañador delante de nosotros... –dice Carlota riéndose.

  -Anda, vamos –dijo otro.

    Yo estaba furiosa. Furiosa y dolida. ¿Cómo podían ser tan insensibles? No es la primera vez que hacen comentarios de ese tipo, pero nunca tan ofensivos. Silvia les miró con la boca abierta y luego me miró a mí, un tanto incómoda.

  -Lo siento, Julia. Son unos completos idiotas, no les hagas caso.

  -Ya, ya. Ya sé... –respondo. Cogí el bolso y me marché.

    Tenía ganas de llorar pero no quería hacerlo. Estaba harta de que lo único que viera la gente en mí fuera mi sobrepeso. Harta de que cuando se referían a mí, dijeran “la gordita”. De pequeña siempre se metían conmigo; los niños pueden llegar a ser muy crueles y a veces, incluso, no me dejaban jugar con ellos.

    Estaba decidida a empezar un régimen, aquello no podía seguir así. No iba a consentir que siguieran riéndose de mí.

    Sumida en mis pensamientos, entré en un quiosco y compré golosinas y una tableta de chocolate. Cuando llegué a casa, me senté en el sofá y empecé a comer. Cuando terminé, estaba arrepentida; arrepentida de no poder parar de comer. ¿Por qué había hecho aquello? Prácticamente no lo había pensado, fue un acto casi inconsciente el comprar aquella comida. Si pudiera dar marcha atrás... podría hacerlo, sí... claro, que...

    Sin pensarlo dos veces, me fui al cuarto de baño, me arrodillé junto al retrete y me metí dos dedos en la boca hasta tocar la campanilla. Me dio una arcada y vomité todo aquel exceso de comida que no quería en mi cuerpo.

    A pesar de que no es una sensación agradable, me sentí bien. Ahora era como si no hubiera comido nada. Esa noche no cenaría y mañana mismo me apuntaría a un gimnasio.

 

Amanecí con las tripas rugiendo. Necesitaba un buen desayuno; sin embargo, sólo tomé unos cereales y una tostada, todo ello bajo en calorías.

  -¡Alicia, voy a salir! –le grité para que me oyera.

  -¿Adónde? –siempre tan cotilla.

  -Me voy a apuntar a un gimnasio.

    En ese momento su cabeza apareció por la puerta.

  -¿Tú, un gimnasio? –preguntó incrédula.

  -Sí, yo. Si no te importa me marcho ya –y le cerré la puerta en las narices.

    Salí con paso decidido hacia una tienda donde sabía que podía comprar algún chándal de mi talla. Me llevé uno color negro y otro marrón: no quería llamar demasiado la atención en el gimnasio.

    El gimnasio más cercano era uno llamado “Fitness”. Con un suspiro, entré por la puerta y enseguida pude oír los ruidos de las máquinas de ejercicio. Un tanto cohibida, me dirigí al mostrador.

  -Buenos días. ¿Qué quería? –me pregunta agradablemente la recepcionista.

  -Quería apuntarme al gimnasio.

  -De acuerdo. ¿Va a apuntarse a alguna clase o a las máquinas? Puede escoger ambas cosas, pero entonces será más caro. O también puede contratar un monitor personal para que la aconseje y la ayude con los ejercicios de las máquinas y le ponga un régimen especializado.

    Aquello sonaba bien. Si tenía un monitor personal no podría dejar los ejercicios a la mitad.

  -Creo que me quedaré con el monitor personal.

  -De acuerdo. La cuota es de 35 € al mes y su monitor es Javier. Si quiere puede empezar ahora mismo, pero antes debe rellenar esto.

    Y me dio un papel para que pusiera mis datos. Lo rellené y se lo devolví.

  -Bueno, muchas gracias –le dije, sonriente.

   

Después de media hora, ya había conocido a mi monitor y estaba sudando a mares montada en una bicicleta mientras él me daba ánimos. Estaba exhausta y me habría gustado parar ya, pero tenía que hacer 20 minutos de bicicleta y ni siquiera llevaba 10.

  -Bueno, creo que podemos dejarlo por hoy, Julia. Has trabajado muy bien. Ven aquí, te voy a escribir un régimen especial para ti –me decía Javier mientras iba hasta una mesa donde se puso a escribir.

    Cuando acabó, nos despedimos y me fui sonriente; saqué el papel del régimen y me puse a leerlo: mucha agua, frutas y verduras, poca grasa y azúcar.. .  Bueno, me lo temía. Aquello iba a ser difícil, lo mejor sería desalojar la nevera de todo aquello que pudiera hacerme caer en la tentación.

 

Alicia había preparado ensalada, pescado con patatas y un postre de chocolate con muy buena pinta. Han pasado tres semanas desde que me apunté al gimnasio y ¡he logrado adelgazar unos kilos! Me sentía muy bien conmigo misma y me merecía aquella cena que mi compañera de piso había preparado por sorpresa.

    Comimos mucho, yo estaba a reventar y después de estar viendo la tele un buen rato nos fuimos a dormir. Una vez en la cama empezaron mis remordimientos de conciencia: “He cenado demasiado. ¿Para qué me apunto a un gimnasio si después me pongo a comer como una cerda? Estoy segura de que habré vuelto a engordar sólo con lo que he cenado hoy”. ¿Por qué he cenado tanto?, me preguntaba.

    Tendría que provocarme el vómito. Ya lo había hecho más veces. No era agradable pero eso me hacía sentir mejor que el peso de toda aquella comida en mi estómago, así que fui al baño.

    Después de vomitar, me levanté y vi a Alicia apoyada en la puerta del baño.

  -¿Qué haces, Julia? –me pregunta en tono acusador.

  -Debió de sentarme mal tanta comida. Es mejor cenar ligero.

  -No te habrás provocado el vómito, ¿no?

  -No. –Dije en un tono poco convincente.

  -¡Te has provocado el vómito! ¿Qué te pasa? No puedes hacer eso, Julia, te vas a destrozar a ti misma. ¡Te vas a volver bulímica!

  -No digas tonterías, –replico- yo no me voy a volver bulímica. Sólo hice esto un par de veces.

  -¡Un par de veces! ¿Ya lo has hecho antes? ¿Cuántas veces?

    Aquello estaba empezando a enfadarme.

  -¡No lo sé! Pero, ¿qué más da eso? No tiene nada de malo. Para una vez que estoy empezando a adelgazar, vienes y te pones a decirme lo que hago y no hago bien. ¡No eres mi madre! Déjame en paz y métete en tus asuntos –le grité, y me fui derecha a la cama.

 

Seis meses de gimnasio habían dejado huella. Ahora estaba irreconocible. Estaba delgada y llevaba una talla 36 de pantalón, me había cortado el pelo de forma más moderna y Silvia decía que estaba guapísima.

    Yo me había aficionado al gimnasio y seguía yendo porque era saludable. Javier hacía tiempo que me había dicho que dejara el régimen, que no lo necesitaba, pero yo no quise dejarlo y, aunque no se lo dije, seguí haciendo una dieta estricta porque al verme en el espejo siempre me decía a mí misma que estaría aún mejor con un kilito de menos.

    Aún me provocaba el vómito de vez en cuando pero procuraba que Alicia no se enterase ya que ella y Silvia insistían en que ya estaba muy delgada, incluso demasiado, pero yo me reía. ¿Cómo iba a estar delgada yo, la eterna “gordita”?

    Me levanté de la cama para salir a trabajar, pasando primero por el baño para subirme a la báscula: pesaba 48 kilos y medía un metro setenta, me dije a mí misma que aún podía adelgazar más y me impuse mentalmente un régimen más estricto.

    Noté al vestirme que los pantalones me quedaban flojos así que tendría que ir a comprar algunos un poco más pequeños.

 

Ya en el trabajo, hablando con Silvia, me suelta de golpe:

  -Julia, estás muy delgada. Tienes que parar ya, de verdad.

  -¿Qué estás diciendo, Silvia?

  -Lo que oyes. Llevas una talla 36 y te queda floja. Te estás quedando anoréxica, te lo digo en serio.

  -De verdad, Silvia. Estoy perfectamente. De hecho, mira cuánto me sobra todavía –dije mientras me pellizcaba la barriga.

    Silvia negó con la cabeza apesadumbrada y cambiamos de tema. No entendía porqué todos se empeñaban en decirme que estaba anoréxica. Yo sabía que ya no estaba gorda pero aún así todavía podía quitarme algunas carnes más de encima. “Alicia y Silvia son muy fatalistas”, me dije al fin.

 

Aquello del sobrepeso estaba empezando a obsesionarme sin que yo me diera cuenta. Cada vez comía menos y vomitaba más. Javier me dijo una tarde que estaba empezando a sentirse alarmado pero yo le tomé a broma. ¿Alarmado de qué? Yo me encontraba perfectamente; cada vez que le ganaba un kilo a la báscula era motivo de celebración por mi parte y al poco ya volvía a pensar en  arrancarme otro más.

    En aquellos momentos, vestía una talla 32/34 y pesaba sobre 40 kg, pero empezaba a tener problemas para encontrar ropa, que cada vez me iba más floja.

    Un día en el trabajo, Silvia se me acercó para charlar un rato y al cabo de un tiempo me tocó el pelo y me dijo:

  -Has perdido mucho pelo, Julia.

  -Ya lo he notado. Por eso estoy usando un champú especial. Debe de ser el tiempo que hace, que me lo seca.

  -No es el tiempo. Sabes de sobra lo que es. Estás anoréxica.

  -Bah, otra vez con el mismo cuento –le digo vagamente.

  -¿Te importa si hoy voy a tu casa a tomar un café contigo y con Alicia? –me preguntó.

  -No, no, claro que no.

 

-Julia, ¿es que no te das cuenta? ¡Mírate en el espejo!

    Aquello no podía ser real. Silvia y Alicia estaban en el salón acribillándome con comentarios tontos acerca de mi supuesta anorexia.

  -No entiendo que os pasa. ¿Queréis verme gorda otra vez? ¿Eso es lo que queréis? Pensé que os alegraríais por mí al haber adelgazado pero veo que no.

  -Pero, mírate, ni siquiera puedes sentarte en una silla sin poner un cojín debajo para no hacerte daño en los huesos –insistía Alicia.

  -Estáis locas.

  -Tú eres la loca, Julia. Deja ya ese estúpido régimen. Lo único que se te ve ahora del cuerpo son los huesos. Mira tus costillas, se notan incluso debajo de la camiseta.

  -¡Dejadme en paz! Por una vez en la vida me encuentro a gusto con mi cuerpo.

  -Esto no puede seguir así. Vas a venir con nosotras –repuso Silvia.

  -¿Adónde?

  -Ya lo verás.

 

Cuando vi que me llevaban al hospital solté una carcajada.

  -Venga ya, chicas. No me digáis que...

    Estaba claro que iban en serio. No me podía creer que estuvieran haciendo aquello.

  -Los médicos se reirán de vosotras cuando vean que decís que estoy anoréxica –les advertí en la sala de espera.

    Mi desesperación llegó cuando vi que no era así. Al contrario, los médicos se mostraron preocupados, me pesaron y midieron y me hicieron preguntas sobre regímenes y vomitonas.

    Cuando por fin se fueron los médicos para buscar a una enfermera que no sé qué querían que hiciera, me dirigí enfadada a mis amigas:

  -¿¡Por qué me habéis hecho esto!? Yo estaba perfectamente, no teníais que traerme aquí.

  -Julia, de anorexia se puede morir la gente. ¡Estás en los huesos!

    En ese momento entraron los médicos con un par de enfermeras.

  -Bueno, Julia, me temo que te vas a quedar aquí con nosotros una buena temporada. Te vamos a ingresar. Padeces anorexia y bulimia y tenemos que hacer que ganes peso. Además un psicólogo vendrá a verte todos los días.

    Miré horrorizada a todas las caras allí presentes. No podía ser verdad, ¿cómo iba a estar anoréxica? Me miré en un espejo y de repente me vi horrible: huesuda, pálida y medio calva. Dejé que me trasladaran a la cama y rompí a llorar.

 

Hoy estoy radiante, feliz, encantada; todos los buenos adjetivos que puedas encontrar. Hoy es el día que saldré de aquí. Hoy es el día que volveré a mi vida. Hoy, me voy del hospital. Me han tratado muy bien y ahora sí que estoy guapa: he ganado peso.

    Me dirijo hacia la puerta y salgo. El sol me da en los ojos. Estoy rehabilitada.

 

Autora: Sofía Perera – 4º de ESO