Más allá del horizonte

La guerra se llevó a mi marido. Yo, viuda y sola, con un hijo de apenas un año, viviendo entre cuatro palos que no merecían el nombre de casa y saliendo adelante con lo poco que me aportaba mi pequeña huerta. Triste ¿verdad?, lo normal en la Asturias de 1917. Aquí comienza mi historia.
            Como cada domingo fui al mercado camino abajo hasta legar al pueblo vecino. Cargaba las escasas patatas de mi huerto y la docena de huevos de mi única gallina. Bajé por el camino de piedra pisando la húmeda nieve con mis pies semidesnudos. Llegué cansada y me senté junto a Petra en plena plaza mayor esperando a que alguien se interesara por mi mercancía. Fue entonces cuando oí a los dos hombres, altos y elegantes, con reloj de bolsillo y andares de inglés, hablar de Cuba. Capté unos hilos de la conversación y enseguida llamó mi atención. Me acerqué a ellos y les pedí que me hablaran de ello. Así me enteré de los torrentes de emigrantes que viajaban a Cuba donde encontraban un trabajo en los campos, limpiando casas u otras tareas para los adinerados. Me imaginé a mi misma en esa situación. Con un sueldo, comida y ropa limpia. Que barato era soñar. Volviendo a la realidad recogí mis cosas y corrí hacia la iglesia ya que empezaba a llover. Traspasé el alto portón y entré en la casa del Señor donde era siempre bienvenida. Al verme el párroco se acercó a atenderme. Le debía mucho. Me había ayudado en varias ocasiones y no dudaba en que volvería a hacerlo. Se acercó sonriente y con paso seguro:

-María, hija. ¿Puedo ayudarte en algo?
- Pues verá padre, en realidad solo me refugiaba de la lluvia pero le quería comentar una cosa. ¿Ha oído usted hablar de Cuba? ¿Dónde está?
- No se mucho. Es una isla más allá del mar, de días largos y cálidos, casas blancas y palmeras en los jardines. ¿Por qué lo preguntas hija?
Le conté lo que sabía por los hombres del mercado y finalmente le pregunté cómo podía llegar allí.
- Nada puedo hacer por ti hija. Habla con los señores del mercado. Ellos están en contacto con las familias cubanas y ofrecen los trabajos. Pero no será fácil llegar.
 
Volví a mi casa esperando que llegara el domingo con mi hijo en brazos, acomodada entre la paja y sin nada en el estómago.

Y el domingo llegó. Como cada semana bajé al mercado dejando a mi hijo en casa pero esta vez para buscar a los hombres elegantes. Allí estaban pregonando los diferentes trabajos que ofrecían esta semana. Me acerqué a ellos:
- ¿Hay algo para una mujer?
- Verá, se piden muchas comadronas, limpiadoras y amas de cría…
- ¿Amas de cría?- dije con la esperanza de conseguir una oportunidad.
- Sí, claro. Las mujeres no quieren estropear sus pechos y contratan mujeres que amamanten a sus hijos, pero prefieren españolas. No les gustan las negras.
- ¿Y permiten llevar hijos?
- Siempre que puedas amamantar a los dos, sí.

Con una sonrisa dibujada en el rostro le pedí que me diera una carta de trabajo. Me la escribió sacando una pluma del bolsillo a la vez que me explicaba. El ferry salía de Gijón hasta La Habana y el billete costaba más dinero del que nunca había visto junto. Mi sonrisa se borró lentamente mientras que mis ilusiones se hacían pedazos. No podría permitirme ese gasto ni aunque mi huerta triplicara su tamaño.

Con el corazón roto me dirigí corriendo a la iglesia  con la desesperación pintada en el rostro. Me incliné ante el párroco suplicándole ayuda. Me miró con comprensión y éste, al ver mi situación, accedió a pagarme el viaje. Tras agradecerle mil veces su compasión volví a casa para encontrarme de nuevo con la realidad: mi hijo yacía muerto en el suelo. No pudo sobrevivir al crudo invierno sin las medicinas que yo no podía pagarle.

Un mes después partía desde el puerto de Gijón rumbo a La Habana con el corazón encogido y mi ligero equipaje en una vieja maleta. En las bodegas convivíamos cientos de personas de la más baja escala social y en las peores condiciones imaginables. La gente se peleaba por conseguir los mejores rincones en los que dormir, la mugre se amontonaba en cada esquina y, por robar, te robaban hasta la dignidad. Mi único equipaje era un poco de comida a base de pan y queso y los cachorros de gato que llevaba en una cesta. La idea se me había ocurrido al ver la gata famélica en el suelo que acababa de parir. Era desesperada y lo sabía pero no podía permitirme perder el trabajo porque se le acabara la leche. Así que amamanté a mis gatos durante el largo trayecto hasta llegar a Cuba. También cuidé mi más preciado tesoro, la carta de trabajo sin la cual no podría desembarcar. Eso lo supe gracias a una prostituta que me advirtió de que tuviera cuidado, ya que en aquel sitio perderla era lo peor que podía ocurrirte, incluso peor que una violación. Y sin más percances de importancia los tres meses de trayecto legaron a su fin.

Desembarqué en el inmenso puerto de La Habana carta en mano y recorriendo el lugar con la mirada. De allí salí indecisa preguntando por la dirección de la carta puesto que no sabía leer o escribir. Vagué por las calles observando el lugar y su gente. Todo era muy distinto a Asturias. Las damas paseaban con sus finos vestidos de lino blanco mientras sus sirvientas atendían a los niños y la casa o, simplemente, hacían la compra. Lo primero que hice nada más desembarcar fue dejar libres a los ya crecidos gatos. Sería una vergüenza a la vez que mi ruina si descubrieran como mantuve mi leche. Horas me llevó encontrar la hacienda Vargas.

Piqué a la puerta con la mano temblorosa y una sirvienta me abrió la puerta de la inmensa casa blanca de extenso porche y cuidada fachada. Iba pulcramente vestida con su delantal de lino y el pelo recogido. Me presenté enseñando la carta y reparé en la mirada de desaprobación de la sirvienta. Aún así me guió hasta su ama:

  1. Señorita aquí está el ama de cría de España.
  2. Gracias Pastora. Vemos que tenemos aquí - Me escrutó con una mirada cargada de repugnancia – Lo primero que debe hacer es darse un buen baño. Aquí la limpieza es un requisito si ha de estar en contacto con mis hijos. No sabía que alguien pudiera acumular tanta mugre – bajé la mirada avergonzada. En tres meses no había podido cambiarme de ropa y no podía lavarme puesto que perdería la leche. Todo el mundo lo sabía en España pero ellas parecían ignorarlo – y lo segundo es vestirse apropiadamente. Quítese esas ridículas ropas negras y vista de blanco como todo el mundo. Recuerde que está en un país caribeño. Ya no está en España.

La miré incrédula y reacia a deshacerme del luto con tanta prontitud pero ellas no comprendían lo que significaba el vestir de negro por un difunto y, por tanto, no lo aprobaban. Me resistí a cambiar mis costumbres pero acabé accediendo ya que me amenazaban con enviarme de vuelta a mi país.
Las primeras semanas fueron duras. No sólo tenía que amamantar al más pequeño sino también cuidar de los mayores y, lo que más me costaba, adaptarme a sus tan diferentes costumbres. La primera barrera la estableció el lenguaje. Había palabras en bable que ellas no comprendían al igual que yo las expresiones cubanas. La limpieza suponía también un cambio. Se lavaban con exagerada frecuencia y yo estaba segura de que acabarían por enfermar. Incluso se lavaban las manos antes de cocinar. Finalmente acabé por acostumbrarme a sus extravagancias. Todo por conservar mi empleo.

 

A los cinco meses allí estaba yo, sentada en un barco del parque cuidando de los hijos de la señora Vargas. Elevé mi rostro ya moreno para bañarlo del recién estrenado sol de verano. Soñé con volver a mi Asturias aunque sabía que nunca tendría el valor de hacerlo. Aquí no me faltaba nada.
 Me levanté y paseé entre las palmeras volviendo a identificar como la primera vez todos aquellos nuevos olores y sonidos. Escuché a un grupo de trabajadores cantando una vieja melodía cubana. Sonaba bien pero me hizo añorar el sonido de la gaita en los bailes de las fiestas del pueblo. No dudaba en que Asturias sería siempre mi hogar a pesar de las penalidades que sufrí en ella. Porque un inmigrante que sale en busca de trabajo, nunca está en su hogar. Y porque yo, no volvería a él.