AHMED

El cielo despejado y los cálidos rayos del sol que entraban a través de los cristales, invitaban a salir fuera para disfrutar del buen tiempo. Una chica de tez oscura de unos 15 años, estaba distraída mirando por la ventana. Esperaba con ansia que llegara la hora de salir por fin de aquella jaula. En ese momento, seguía con sus ojos el aleteo de una mariposa que cada poco se posaba en el alféizar. Por supuesto, aquello le parecía mucho más interesante que las aburridas explicaciones de la profesora de ética.
La campana que indicaba el final de las clases, resonó por todas las aulas con su estruendo habitual. El final del segundo trimestre había llegado. El entusiasmo se palpaba en el ambiente, tanto por parte de los alumnos, como de los profesores.
Naisma comenzó a recoger sus cosas. Guardaba con cuidado los libros en su cartera, mientras un grupo de chicas cuchicheaba a sus espaldas entre risas, como siempre. Poco le importaba lo que dijeran sobre ella, ya hacía mucho que se había acostumbrado a ese tipo de cosas. Sin embargo no le apetecía quedarse a escuchar sus burlas, así que se dirigió rápidamente hacia la puerta. Mientras lo hacía, alguien estiró la pierna a conciencia y la chica tropezó. Naisma se apuró en recoger sus libros, que ahora estaban desparramados por el suelo, al mismo tiempo que el chico que le había echado la zancadilla, se reía a carcajada limpia con sus amigos. Clara corrió hacia ella y la ayudó a levantarse. Juntas salieron de clase.

  1. ¡No tendrán nada mejor que hacer que meterse contigo! ¡Serán idiotas!- gruñó Clara sin dejar de mirar atrás.- Tú no te preocupes,  se van a enterar…
  2. No tiene sentido que les pegues, lo seguirán haciendo- murmuró la chica.
  3. Ya verás cómo no.

Clara tenía fama de dura en el instituto y por ello, nadie se metía con ella. Hacía ya un año que había conocido a Naisma y se habían hecho inseparables. Era mucho más alta que ella, su pelo era de un rubio sospechoso y sus ojos verdes y brillantes como esmeraldas. Muchos chicos decían que sería muy guapa si no fuera por su corpulencia. Clara tenía los músculos más marcados que ninguna otra chica.
Naisma no pasaba del 1.60 y estaba muy delgada. Su pelo era negro azabache y los ojos castaños. Su piel del color del chocolate la diferenciaba del resto de las chicas y por eso la odiaba.
Una vez que hubieron olvidado el instituto, se fueron al primer quiosco que encontraron y compraron unas pipas, como cualquier otro viernes. Cruzaron el semáforo y entraron en el parque. No volvieron a hablar de lo ocurrido en clase, aquella era la primera tarde de vacaciones y no iban a estropearla discutiendo.
 

Ya eran las ocho, y Naisma volvía sola a casa. Iba tan distraída escuchando música con los cascos puestos, que no vio acercarse corriendo a un muchacho de su edad. Él tampoco estaba viendo por dónde iba, así que chocaron. Cada uno cayó por su lado, entre quejidos y huesos rotos. Naisma, que no se había hecho mucho daño, fue la primera en levantarse. Ya era la segunda vez que acababa en el suelo aquella tarde.
            Fue junto al chico para pedirle disculpas. Parecía haberse hecho una herida en la frente. Una gota de sangre corría por su oscura mejilla hasta llegar a la altura de la barbilla. La chica quiso examinarla, pero el flequillo la tapaba. Llevaba una mochila que se había abierto. Con un rápido movimiento, el muchacho la cerró, escondiendo algo que Naisma no pudo ver. El sonido de los pasos de unos hombres que se acercaban corriendo rompió el silencio y puso en alerta al chico, que se incorporó como un rayo. Echó a correr de nuevo, sin importarle que estuviera sangrando, pero al cabo de unos segundos, pareció recordar a la chica y volvió a toda prisa.
            - Casi te había olvidado, ¡lo siento mucho!-jadeó el chico con un acento muy marcado.- Espero no haberte hecho daño.
Naisma no lograba articular una sola palabra. Se acababa de fijar en la cara del muchacho. No era posible………era él. De repente, el chico también pareció reconocerla, pero dos policías aparecieron en la esquina de enfrente y les sacaron del trance. Cuando Naisma se dio la vuelta, él había desaparecido.
            -¡Eh, chica! ¿Has visto a un chico moreno por aquí, hace un momento con una mochila?- preguntó uno de ellos.
            - Lo siento, pero me temo que no. – la chica no solía mentir, así que intentó mirar hacia otra parte mientras lo decía.
Los dos hombres no dijeron nada más y continuaron buscando por su cuenta.

 

Esa noche, a Naisma le costó mucho dormirse, y cuando lo consiguió, todos los recuerdos que hasta ahora había intentado encerrar en su interior, surgieron a la vez.
Y comenzó a recordar en sueños lo que creía olvidado.

Se hallaba en medio de un montón de gente apiñada en un puerto. No le llevó mucho darse cuenta de dónde estaba. Nunca olvidó el sitio donde comenzó su viaje. Aquel, era uno de los puertos de la costa norte de Mauritania. Su verdadera madre estaba junto a ella y le apretaba fuerte la mano. Lloraba. Estaba abrazada a los que una vez fueron sus hermanos, habían decidido quedarse. El mayor la miraba con tristeza. Su rostro era borroso, y eso sólo podía significar que  lo estaba olvidando y no  podía permitirlo. Quiso acercarse a él, pero su madre tiró de ella hacia la patera.
Había hombres, mujeres, niños, todos buscaban lo mismo, comenzar de nuevo. Llegó a contar unos treinta, aproximadamente. Pero nadie podía imaginar lo que les esperaba.
El viaje se hacía muy largo y las madres pedían agua y comida para sus hijos, pero ya se había acabado. Los hombres decían que no quedaba mucho, que pronto llegarían a   Gran Canaria. Entonces fue cuando fueron atrapados por una corriente fría. La balsa empezó a mecerse, primero lentamente, pero poco a poco, el bamboleo comenzó a ser más brusco. Algunos se pusieron histéricos y quisieron levantarse. La patera volcó.
Naisma no encontraba a su madre. No hacía más que chapotear, hundiéndose sin remedio en las aguas profundas. Antes de que  le cubriera por completo la cabeza, pudo ver a la gente, que se hundía como ella. La mayoría de aquellas personas no había estado nunca en el mar y no sabían nadar, solo unos pocos conseguían mantenerse a flote, esperando que alguien viniera en su ayuda. Y uno de ellos, un chico más o menos de su edad, agarró fuerte a Naisma para que no se ahogara. A duras penas consiguieron subirse al cayuco volcado. Cuando la chica miró a su alrededor, no vio a nadie, estaban solos. Ella y el muchacho, los demás se habían ahogado. Era él, el chico de aquella tarde. Sus cabellos oscuros y mojados se le pegaban a la cara y respiraba con dificultad.
Al no tener aire suficiente, comenzó a sentir sueño, sus ojos se fueron cerrando poco a poco. Mientras, el chico gritaba algo, en un idioma que ella no conocía. Pero por el entusiasmo del chico le bastó para saber que acudían en su ayuda. La imagen se le hizo más borrosa, hasta que sus párpados se cerraron por completo.

Naisma se despertó sobresaltada, con un sudor frío en la frente. Estaba llorando. La puerta se abrió y su madre adoptiva  entró corriendo en la habitación.
            - Hija, pensaba que ya no ibas a tener más ese sueño horrible. ¿Necesitas algo?-se le notaba la preocupación en cada palabra que pronunciaba.
           - Estoy bien- dijo con la mirada ausente. Todavía tenía en la cabeza la imagen de la gente ahogándose a su alrededor.- Gracias, mamá.
Estas últimas palabras hicieron su efecto de inmediato. La mujer sonrió como cada vez que lo decía y la abrazó, eran las palabras mágicas, pues aún no estaba muy segura de que fuera de verdad como una nueva madre para ella.

 

Había quedado con Clara a las doce y media y ya eran menos veinte. Tarde, como de costumbre. Otra cosa que odiaba de ella misma y no podía evitar.
            La chica estaba sentada en un banco, esperando. Ni se inmutó cuando Naisma llegó a todo correr y le pidió perdón de mil modos diferentes, ya se había acostumbrado.
            Estuvieron un buen rato yendo de sitio en sitio, mirando escaparates, sin ver nada interesante. Así que pronto se rindieron y entraron en una cafetería a tomar un refresco. Tan pronto como se sentaron en una mesa, la chica se fijó en un grupo de negros que colocaban películas sobre una manta, un chico les ayudaba. ¿Sería cosa del destino? Aunque también podía ser alguien que se le pareciera mucho.

  1. No tienes mal ojo…-comentó Clara con una media sonrisa. Se había dado cuenta de que le miraba mucho.- Debe de ser tan sólo un año mayor que nosotras y mira dónde está metido ya.- sin darse cuenta le estaba señalando.
  2. ¡Clara, que nos está mirando!- susurró Naisma y le dio un codazo a su amiga.

El muchacho la saludó y sonrió enseñando los dientes más blancos que la chica había visto en toda su vida.

  1. ¿Le conoces?

Un hombre rubio, también extranjero, les hizo una señal desde el extremo de la calle y rápidamente empezaron a guardar todas las películas en sus mochilas. Recogieron la manta y se fueron. El chico todavía las seguía mirando y no le dio tiempo a reaccionar cuando los dos policías del día anterior le sujetaron por los hombros y le pusieron unas esposas.
            -¡Te pillamos!- dijo entre alardeos el más alto.
Era difícil describir la expresión del chico. Era una mezcla entre sorpresa, miedo y derrota.
Naisma y Clara, como toda la gente que se encontraba cerca, estaban viendo la escena. La chica quiso acudir en su ayuda, pero sabía que con eso no conseguiría nada. Entonces, supo que no le volvería a ver. Cuando volvió su mirada hacia él, ya le estaban metiendo en el coche patrulla. En cierto modo, se parecía a aquel chico. Aunque no lograra recordar su nombre, si es que alguna vez se lo había mencionado. Los dos venían del mismo lugar de origen, pero sin lugar a dudas, ella había tenido mucha más suerte al ser adoptada. La gente de la calle circulaba ya con normalidad. Nadie se daba cuenta de que allí se acababa el sueño de un chico de apenas 16 años. Pronto le enviarían junto a otros en avión o en barco a su país.
Las dos chicas se quedaron un rato asimilando lo que acababa de ocurrir, todo había pasado muy rápido.
No sabían qué decir, así que volvieron en silencio a casa.
Aquella noche volvió a soñar. El sueño parecía comenzar en el punto en el cual se había despertado por la mañana. Sus recuerdos volvieron surgieron nuevo.

Naisma se despertó en el barco de los guardacostas españoles. Una manta térmica la envolvía de pies a cabeza. Al levantar la cabeza, vio que acurrucado junto a ella, estaba el chico. También él abrió los ojos, comprobó que la muchacha seguía allí, y volvió a dormirse.
Uno de los hombres que estaba en el barco se acercó.
            -   Tienes suerte de tener un hermano que sepa nadar.
Quiso replicar, decir que no era su hermano, pero en sus sueños nunca era capaz de hablar. Entonces se dio cuenta de que los brazos del muchacho la rodeaban de forma protectora. Era verdad que parecía su hermano mayor.
            -  Se llama Ahmed, ¿no? Me lo ha dicho cuando estabas dormida. Tienes que decirme tu nombre. Os vamos a dar en adopción, siempre que queráis, claro. El chico puede irse si quiere, es  suficientemente mayor para elegir.
Naisma hacía un rato que ya no le escuchaba. …Sólo pensaba en  una cosa: el chico que la salvó se llamaba Ahmed.

Por Jimena Alonso Díaz.